Desde al menos el año 2019 y hasta el sol de hoy, los medios de comunicación de Colombia, Venezuela, Italia y otras latitudes han replicado incansablemente un nombre y una imagen para referirse a un eslabón clave en la oscura órbita del cuestionado empresario colombiano Alex Saab. Hablamos de Lorenzo Antonelli, el escurridizo concuñado del barranquillero.
La gráfica, omnipresente hasta el hartazgo tanto en la prensa tradicional como en dossiers de investigación periodística, perfiles e infografías, exhibía a un hombre joven, de tez morena clara, con incipiente calvicie y una sonrisa complaciente, posando para la lente muy bien escoltado por la esposa y la cuñada de Saab.
Sin embargo, recientes y agudos hallazgos periodísticos han destrozado este mito de papel, sacando a flote una farsa monumental que, literalmente, había permanecido oculta en las narices de la opinión pública.

Si bien las dos mujeres inmortalizadas en la foto son, en efecto, la cónyuge y la cuñada de Alex Saab, el individuo que las acompaña está a años luz de ser Lorenzo Antonelli. Todo apunta a que algún redactor incauto y perezoso lanzó la imagen al ruedo, sembrando una mentira visual que las redacciones de medio mundo compraron sin chistar.

La cruda y casi cómica realidad es que el sujeto retratado no es más que un maquillador de modelos y cantante italiano poco conocido; un individuo totalmente ajeno a las turbias cloacas financieras de Alex Saab. Su único “pecado” fue cruzarse en el camino y entablar amistad con las hermanas Fabri. Por si fuera poco, cualquier descabellada teoría sobre un posible amorío con alguna de ellas se cae a pedazos: en las calles de Roma es de dominio público que este maquillista pertenece a la comunidad LGBT y, de acuerdo con el testimonio de antiguos colegas, su historial romántico se limita exclusivamente a parejas masculinas.
Pero lejos de aclarar el embrollo mediático, el verdadero Lorenzo Antonelli, haciendo gala del oportunismo parasitario que parece ser marca de la casa en su entorno, le sacó el máximo provecho a la pifia. El rostro de un inocente le ha servido de escudo perfecto para escabullirse y pasar desapercibido bajo las faldas del clan de Alex Saab. Este camuflaje gratuito le vino como anillo al dedo especialmente en Caracas, la ciudad que sirvió de guarida para que Antonelli y las hermanas Fabri se atrincheraran tras huir despavoridos de Italia, buscando evadir las graves acusaciones que la justicia de su país interpuso en su contra.
Ante este teatro de engaños y suplantaciones involuntarias, la interrogante cae por su propio peso: si el sonriente individuo de la fotografía es apenas un espejismo, entonces, ¿quién es el auténtico Lorenzo Antonelli? A continuación, descorremos el velo.
De las piscinas de élite al testaferrato
Si echamos un vistazo por el retrovisor hacia el pasado del verdadero “Lorenzo Antonelli” —hoy un treintañero rubio, de contextura atlética y nacido en febrero de 1993—, nos topamos con el espejismo de lo que alguna vez apuntó a ser. En la década pasada, este romano amagó con colarse en la élite de la natación italiana como un bracista prodigioso, justo antes de esfumarse convenientemente del escrutinio público para zambullirse en aguas mucho más sucias y turbias. En sus días como ficha del “Larus Nuoto”, un elitista y prestigioso club privado de natación en Roma, Antonelli alardeaba de una depurada técnica que disfrazaba bajo una fachada de personalidad vibrante y extrovertida, una careta carismática que resultaría ser la fachada perfecta para sus futuras andanzas delictivas.
El espejismo de una promesa (2015)
El calendario marcaba el 2015 cuando Antonelli saboreó su efímera cúspide profesional. Durante el Campeonato Absoluto de Primavera, dejó boquiabiertos a propios y extraños al coronarse en la final de los “100 metros braza”, deteniendo el cronómetro en un tiempo de “1’00″92”. Esa tarde no solo estampó su mejor marca personal, sino que desplazó a figuras consagradas de la talla de Andrea Toniato e incluso logró humillar deportivamente a su propio ídolo de la infancia, Fabio Scozzoli. Ebrio de gloria, el joven fanfarrón presumió ante la prensa de la tinta que manchaba su pecho: un tatuaje con la letra del cantante Vasco Rossi que rezaba *”Prenditi quello che sei e non rimpiangerti mai”* («Acepta lo que eres y nunca te arrepientas»). Vaya presagio irónico para alguien que terminaría chapoteando sin remordimientos en las cloacas de la corrupción internacional.
Ese mismo verano, su inflado ego se paseó como parte de la delegación italiana por competiciones internacionales de gran renombre:
Universiada de Gwangju (Corea del Sur): Allí braceó en los 50 metros, firmando un registro de 27″94 en las semifinales que apenas le alcanzó para morder el polvo desde la barrera, quedando estancado a las puertas de la final como primera reserva.
Mundiales de Kazán (Rusia): Su bautismo de fuego en una justa mundialista absoluta terminó siendo un amargo trago de mediocridad. Firmó una actuación completamente olvidable al estancarse en el foso de la posición 37 durante las eliminatorias, arrastrándose con un pobre crono de 1’02″20.
Excentricidades y obsesiones técnicas
En el mundillo acuático, este cuestionable personaje era señalado por aplicar un enfoque “un poco loco” a la braza. Su estilo, que él mismo tildaba de profundamente subjetivo, dependía de mantener ritmos de frecuencia altísimos. Bajo la tutela de su entrenador, Claudio Rossetto, el vanidoso nadador se sometió a obsesivos y estrictos análisis biomecánicos orquestados por el especialista Ivo Ferretti. Desplegando un arsenal de cámaras subacuáticas y sensores, intentaba pulir milimétricamente cada detalle en sus salidas y virajes; una meticulosidad quirúrgica que años más tarde aplicaría, sin duda, a la hora de desviar los fondos ilícitos de su concuñado.
Fuera de las piletas, el italiano desbordaba un carisma frívolo, exhibiendo sin pudor su supuesta vena artística al punto de protagonizar ridículas entrevistas cantadas junto a compañeras de equipo como Laura Letrari. Aunque en sus delirios de grandeza coqueteó en algún momento con la idea de forjarse un porvenir aburrido en el sector de los seguros o de enfundarse el uniforme de un grupo militar, su supuesta vocación estaba hipotecada por completo a la obsesión de alcanzar el sueño olímpico en Río 2016. Un sueño de cristal que terminaría hecho añicos para darle paso a su verdadero “talento”: ser la marioneta financiera del saqueo.
El patético declive y la huida
Desde el año 2016, la supuesta estrella acuática comenzó a hundirse inexorablemente en la mediocridad, alejándose de los podios y los primeros puestos. Ya para 2017, durante el “Meeting Internacional Tiro a Volo”, la prensa deportiva lo rebajaba al triste título de “ex azzurro”, describiéndolo como un fracasado que pataleaba sin éxito por recuperar el nivel que alguna vez lo coló en la selección nacional. Fue en medio de ese charco de frustraciones, y de su desesperada lucha por volver a codearse con la élite, cuando su rastro se esfumó por completo del radar del deporte italiano.
Lejos de una salida digna, Lorenzo Antonelli sepultó su carrera profesional empujado por un bochornoso “incidente personal” que lo obligó a abandonar Italia de forma apresurada y por la puerta de atrás. Mientras las ingenuas crónicas deportivas de la época apenas documentaban el estancamiento de sus cronómetros y lamentaban el cierre de una “carrera truncada” antes de tiempo, la verdad criminal latía bajo la superficie.
La cobarde estampida del exnadador, arrastrando consigo a su esposa Beatrice Fabri y a su cómplice y cuñada Camilla Fabri, fue detonada por el estruendoso estallido de un megaescándalo financiero. En octubre de 2019, la implacable acción de la policía financiera italiana les pisó los talones, ejecutando incautaciones masivas de los bienes manchados de corrupción que atesoraba la codiciosa familia. El miedo a terminar tras las rejas precipitó su apresurada fuga de Europa.
El botín decomisado por las autoridades no era poca cosa: confiscaron un obsceno apartamento de “súper lujo” en Roma, atrincherado en el cuarto piso de un exclusivo edificio en la Via Condotti 9, y tasado en una grosera suma de entre 4,8 y 5 millones de euros. Por si fuera poco, las autoridades procedieron al bloqueo de 1,8 millones de euros que reposaban en cuentas corrientes vinculadas a esta red de saqueadores.
Acorralados, los implicados trazaron una ruta de escape cuya primera escala fue Rusia, para luego terminar enquistándose de manera definitiva bajo el amparo del régimen en Venezuela. Sin embargo, una teoría paralela apunta a que, con su habitual y escurridiza astucia, Antonelli se encontraba dándose la gran vida en los Emiratos Árabes Unidos justo en el momento en que se produjeron las redadas en Italia, salvando así su pellejo de una captura que parecía inminente.
La Fiscalía de Roma no tardó en desnudar su verdadero rostro, identificándolo como una figura central en la sofisticada estructura criminal. Antonelli operaba descaradamente como testaferro, administrando un laberinto de empresas pantalla diseñadas para camuflar el sucio dinero proveniente de jugosos sobornos y del descarado desfalco a los fondos públicos venezolanos, recursos directamente ordeñados del infame esquema de importación de alimentos CLAP. Ante su cobarde ausencia en el territorio italiano para enfrentar la ley, Antonelli fue declarado formalmente prófugo de la justicia en abril de 2022, luego de que se emitieran órdenes de arresto en su contra que quedaron frustradas por su huida.
No fue sino hasta principios de 2026 cuando el destino judicial del escurridizo prófugo encontró su desenlace. Fiel a su estilo de buscar atajos, Antonelli consiguió un indulgente acuerdo de culpabilidad o “patteggiamento” ante el Tribunal de Roma. A través de este pacto de impunidad parcial, el otrora deportista agachó la cabeza y aceptó una pírrica condena de “un año y siete meses de prisión” por el vergonzoso delito de lavado de dinero. Su esposa, Beatrice Fabri, y su cuñada, Camilla Fabri, corrieron con la misma suerte, recibiendo idénticas condenas bajo los mismos cargos, con lo cual se dio carpetazo a un prolongado y bochornoso proceso que se arrastró por más de seis años.
Las exhaustivas investigaciones de la Guardia de Finanzas de Italia, sumadas a demoledoras filtraciones internacionales, confirmaron lo que ya era un secreto a voces: Lorenzo Antonelli (el conveniente cuñado de Camilla Fabri) jugó un papel clave como el testaferro estrella del hampón de cuello blanco Alex Saab. Pese a ser apenas un inexperto joven en sus veintitantos años y sin el más mínimo roce empresarial previo, prestó gustoso su identidad para orquestar y gerenciar una compleja red de empresas fantasma regadas por Europa, Medio Oriente y Venezuela. Todo este teatro societario sirvió a un único y repulsivo propósito: ser el prestanombre ideal para esconder el multimillonario y turbio patrimonio de Alex Saab.
El portafolio de la desvergüenza: la red de empresas

El prontuario societario de Antonelli lo ubica descaradamente como director, flamante representante legal o beneficiario de un escandaloso catálogo de firmas de maletín y corporaciones de fachada, ramificadas en tres grandes frentes de saqueo:
1. La lavandería inmobiliaria en Europa
Kinloch Investments Limited (Reino Unido): Este cascarón británico operó como la arteria principal para legitimar capitales sucios en territorio italiano. El dócil exnadador daba la cara como representante y director de la firma, a través de la cual esta red criminal adquirió la “nuda propiedad” del obsceno apartamento de súper lujo en la Via Condotti de Roma, un capricho tasado en casi 5 millones de euros para el deleite de Camilla Fabri. Mientras Antonelli fungía como el títere que estampaba su firma en el registro mercantil del Reino Unido, el capital social reposaba cómodamente en las sombras, bajo el control absoluto de su cuñada.
2. El festín del oro ensangrentado (Arco Minero)
Lejos de conformarse con bienes raíces, Antonelli se erigió como un engranaje vital para exprimir y fugar las incalculables riquezas del Arco Minero del Orinoco, desviando el patrimonio venezolano con destino a Turquía y Europa.
Marilyns Dis Ticaret Ve Madencilik AS (Turquía) / Marilyns Capital Limited (Reino Unido): El escurridizo romano figuró como director y beneficiario único de esta mampara corporativa parida en Estambul, con tentáculos en Londres. En un acto de cinismo insuperable, en 2018, un Antonelli de escasos 25 años y con nula y patética experiencia en minería, prestó su bolígrafo para firmar en nombre de Marilyns un jugoso contrato multimillonario con el régimen de Venezuela —representado entonces por el hoy defenestrado Tareck El Aissami—, pactando la exploración y extracción de oro.
Mibiturven S.A. (Minera Binacional Turquía Venezuela): Este fue el engendro empresarial, disfrazado de sociedad mixta estatal, que brotó del turbio acuerdo avalado por Antonelli a través de Marilyns. Utilizando a Mibiturven como caballo de Troya, el voraz Alex Saab logró monopolizar una gigantesca tajada de la extracción del oro venezolano, comercializándolo a sus anchas y burlándose descaradamente de las sanciones internacionales.
Glenmore Proje Insaat / Glenmore Dış Ticaret Ve Madencilik Anonim Şirketi (Turquía): Otra compañía turca manchada de corrupción, atada al entramado minero de Saab y de su socio de fechorías, Álvaro Pulido. Como era de esperarse, Antonelli también figuraba allí con una participación directiva de papel.
El miserable negociado del hambre (CLAP)
Adon Trading FZE (Emiratos Árabes Unidos): Como si saquear el oro no fuera suficiente, Antonelli manchó sus manos en el rubro alimenticio apareciendo como administrador de esta compañía anidada en la opulencia de Dubái. Adon Trading fue una pieza maestra en el macabro y lucrativo esquema de importación de alimentos, operando como una de las proveedoras de cabecera utilizadas para facturar con groseros sobreprecios la comida —frecuentemente de calidad paupérrima e insalubre— que rellenaba las cajas CLAP, el sistema de control subsidiado por el gobierno chavista.
En resumidas cuentas, Lorenzo Antonelli prostituyó su firma y su identidad para erigir la fortaleza legal de cartón que le facilitó al colombiano Alex Saab mover a su antojo millones de dólares ensangrentados. Una maquiavélica maquinaria de negocios que, sin el menor escrúpulo, abarcó desde la compraventa de inmuebles de lujo en Roma, hasta el control del oro estatal venezolano y la importación inflada de alimentos básicos.
La vida social del testaferro en Caracas

Amparado en el conveniente anonimato que le otorgaba ser un rostro prácticamente desconocido para el ciudadano venezolano de a pie, el escurridizo Lorenzo Antonelli se paseó con total impunidad por las calles del país sudamericano. En un absoluto alarde de desvergüenza, entre los años 2021 y 2023, el dócil prestanombres y su esposa le hicieron los coros a su cómplice, Camilla Fabri, participando activamente en el circo mediático del régimen. Se sumaron a un sinfín de marchas, concentraciones y teatrales actos de desagravio escenificados en Caracas, todos con un único fin: exigir a gritos la liberación de su jefe, Alex Saab. Para ese entonces, el cuestionado barranquillero purgaba sus culpas en una prisión de Estados Unidos, enfrentando pesados cargos por conspiración para el lavado de dinero tras su sonada captura en Cabo Verde en el año 2020.
La burla a la decencia alcanzó niveles institucionales en junio de 2023. En aquella ocasión, Jorge Rodríguez, ostentando su cargo como presidente del parlamento venezolano, anunció con bombos y platillos la presencia de Antonelli y de su mujer en el mismísimo palco de invitados del hemiciclo legislativo. Y aunque las cámaras de televisión de la propaganda oficial enfocaron la tribuna y a sus ocupantes, la identidad visual del italiano se mantuvo a salvo; nadie se molestó en precisar cuál de los individuos trajeados que aplaudían allí era el criminal financiero.
El cinismo de esta red tocó techo en diciembre de 2023. Tras la polémica liberación de Alex Saab, Antonelli no dudó en colarse en primera fila durante los pomposos actos de recibimiento orquestados por Nicolás Maduro. En esa vergonzosa celebración oficial, codo a codo con Camilla Fabri y los hijos del colombiano, el testaferro festejó el regreso de su mecenas y principal socio.
Lejos de optar por un bajo perfil, este vínculo parasitario se afianzó en los años venideros. En el lapso comprendido entre 2024 y 2026, Nicolás Maduro decidió premiar a Saab entregándole las riendas del poder económico, designándolo primero como presidente del Centro Internacional de Inversión Productiva (CIIP) y, posteriormente, elevándolo al cargo de ministro del Poder Popular para la Industria y Producción Nacional. Durante todo este periodo, Lorenzo Antonelli mutó en la sombra incondicional de Alex Saab, convirtiéndose en un apéndice constante que escoltaba al flamante funcionario chavista a todas partes, saboreando las mieles del poder ilícito.
Y como la opulencia mal habida rara vez sabe de discreción, la pareja de prófugos de la justicia europea no se privó de codearse con la élite caraqueña. Fuentes consultadas para esta investigación, conformadas por representantes del exclusivo y carísimo Colegio Jefferson en la capital venezolana, afirman haber visto a Antonelli y a su esposa pavoneándose por los pasillos de la institución. Al menos hasta el año 2025, estos personajes se dieron el tupé de integrar la comunidad de padres y representantes del colegio, actuando con la normalidad de quienes olvidan que su fortuna está manchada con el hambre y el saqueo de todo un país.
El último gran zarpazo: El cuadrilátero del blanqueo de Alex Saab en Venezuela
Para mediados del año 2025, la insaciable maquinaria de corrupción chavista encendió los motores de lo que parecía ser una nueva y vistosa “lavandería”. Una repentina y enigmática empresa bautizada como “To be Announced Promotions (TBA Promotions)” irrumpió de la nada en la escena pública venezolana. ¿Su supuesta misión? Montar un pomposo circo romano para organizar torneos y presentaciones pugilísticas, mezclando en el cuadrilátero a nuevos talentos latinoamericanos con figuras consagradas y viejas leyendas del boxeo. La capital venezolana se convirtió así en el insólito punto de encuentro donde estos deportistas viajaban a competir, a firmar autógrafos a fanáticos incautos o a apadrinar a los novatos.
Para darle un barniz de falsa legitimidad a este tinglado, la agenda contó con el espaldarazo del empresario mexicano Mauricio Sulaimán, nada menos que el presidente del Consejo Mundial de Boxeo (WBC). Pero el prontuario de Sulaimán no es precisamente impoluto: en el pasado reciente, este directivo estuvo en el ojo del huracán por deshacerse en elogios hacia el irlandés Daniel Kinahan, un turbio promotor de boxeo. Sulaimán tuvo la desfachatez de reunirse con él en los Emiratos Árabes Unidos apenas una semana antes de que el gobierno de Estados Unidos sancionara a Kinahan por ser un alto mando de una peligrosa organización criminal irlandesa.
El plato fuerte de la farsa de TBA Promotions se sirvió el 2 de agosto de 2025 con la rimbombante “Noche de Leyendas”, celebrada a todo trapo en el Centro de Eventos del Hotel Tamanaco, enclavado en la exclusiva zona caraqueña de Las Mercedes. El gancho publicitario fue la llegada del exboxeador estadounidense Evander Holyfield, quien pisaba suelo venezolano tras más de dos décadas de ausencia para ser idolatrado y homenajeado por su trayectoria. En medio del teatro, a Holyfield le colgaron al cuello una réplica de la medalla de plata que había ganado en los lejanos Juegos Panamericanos de Caracas de 1983.

Pero el estadounidense no vino solo a esta fiesta de dudosa financiación. El evento exhibió a otros campeones de grueso calibre, como los mexicanos Jorge “El Travieso” Arce y el vigente rey mundial del peso superpluma, Emanuel “Vaquero” Navarrete, además del crédito local, el venezolano Jorge “Niño de Oro” Linares.
Lejos de conformarse con un solo espectáculo, los misteriosos bolsillos de TBA Promotions financiaron la inauguración del “TBA Gym” en Caracas. Este gimnasio operaría como cuartel general de entrenamiento, semillero de peleadores amateurs y centro logístico para abaratar los costos operativos de futuras veladas. De hecho, el 15 de septiembre de 2025, este recinto fue la sede de su segunda cartelera internacional, bautizada ostentosamente como “Los Campeones Defienden la Casa”.
Sin embargo, el tufo a dinero sucio no tardó en inundar el ambiente. El primer gran bochorno que encendió las alarmas fue la actitud de los “directivos” de la promotora que carecía de la más mínima trayectoria en la industria deportiva, quienes jamás dieron la cara en las conferencias de prensa. Quienes daban piruetas dialécticas ante los micrófonos eran una relacionista pública de TBA Promotions y un sumiso comisionado de boxeo adscrito al Ministerio del Poder Popular para el Deporte. Ante este faraónico y multimillonario derroche de recursos sin origen claro, las redes sociales explotaron con rumores que apuntaban a un grotesco blanqueo de capitales.
Aunque los voceros habituales del régimen venezolano intentaron desligarse afirmando tibiamente que el festín de TBA Promotions y la visita de Holyfield eran una simple “iniciativa privada”, mientras el excampeón estaba allí grabando un documental para Netflix, la realidad los delató: la prensa filtró que el turista deportivo se desplazaba por Caracas utilizando supuestamente vehículos oficiales de la mismísima Presidencia de la República.
El esperpento rozó lo absurdo cuando Holyfield dejó supuestamente plantados a altos jerarcas del chavismo. El exboxeador visitó un gimnasio vertical construido por la administración de Maduro, en la zona de Petare, a donde llegó escoltado y en un automóvil blindado. Circuló la tesis de una supuesta suspensión del evento debido a un “impasse” con su teléfono celular, el cual creyó haber extraviado al bajarse de su transporte VIP, aunque finalmente el dispositivo habría aparecido tirado en el asiento trasero de la suntuosa camioneta asignada.

Pero volvamos a la velada pugilística, porque fue allí, bajo las luces del ring, donde el misterio de TBA Promotions quedó al descubierto. Dos figuras del núcleo más íntimo de Alex Saab se apoderaron del show: Shadi Saab, el hijo mayor del barranquillero, y por supuesto, el inefable y oportunista Lorenzo Antonelli. Enfundados en atuendos elegantes, ambos personajes se pavonearon sobre el cuadrilátero, asumiendo el rol de mecenas y entregando de su propia mano los premios a los campeones y homenajeados. Antonelli no tuvo reparo en lucir una gorra oficial de TBA Promotions, coronándose como el rostro de la infamia.



Un detalle que no pasó por alto fue la sospechosa lista de invitados. Descontando a Holyfield, la abrumadora mayoría de los pugilistas provenían de Venezuela, México y Argentina. Sabiendo que los sucios tentáculos comerciales de Alex Saab han estado históricamente enquistados en territorio azteca, la presencia de argentinos obliga a preguntarse si el testaferro mayor también extendió su red de cloacas financieras en el país gaucho, bajo un manto de mayor impunidad.
Y como toda fachada criminal se derrumba cuando cae su capo, el imperio boxístico se hizo humo. De manera repentina y sospechosa, algunas de las ruidosas cuentas en redes sociales de la promotora y de su reluciente gimnasio fueron borradas del mapa exactamente al mismo tiempo que Alex Saab era capturado en Venezuela y extraditado por segunda vez a los Estados Unidos, esta vez para enfrentar un nuevo y aplastante expediente por lavado de dinero.
Hoy, el cuadrilátero está vacío, pero las interrogantes golpean con fuerza: ¿De qué oscuro rincón del saqueo salió el caudal inagotable de TBA Promotions? ¿Fue acaso esta promotora la última y desesperada pirueta internacional de Alex Saab para legitimar sus millones ensangrentados? ¿Llegó Evander Holyfield a sentarse en la misma mesa con Alex Saab o con Nicolás Maduro? Peor aún: ¿Fue la excusa del documental y la figura de Holyfield un sagaz “Caballo de Troya” infiltrado por la inteligencia estadounidense para mapear los movimientos de Maduro y su círculo íntimo, preparando el terreno para la impecable operación militar que terminó con la captura y extradición de Maduro a EE.UU. en enero de 2026? Y, al final del día, ¿qué escondía realmente ese “celular perdido” de Holyfield, qué viajó a buscar a Caracas, o, mejor dicho, qué buscaban a través de él?
El eslabón político: Los años dorados de Atlantic City y la inquebrantable hermandad con Donald Trump
Para terminar de entender las piezas de este rocambolesco y criminal rompecabezas, es imperativo escarbar en la íntima relación que une al legendario excampeón mundial Evander Holyfield con el actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Este estrecho vínculo no es obra de la casualidad, sino el fruto de varias décadas de historia compartida; una alianza que germinó como un lucrativo negocio deportivo en los años dorados del pugilismo y que, con el tiempo, mutó hacia un férreo e indiscutible espaldarazo mutuo en las trincheras de la política y los medios de comunicación.
Si rebobinamos la cinta hasta las décadas de 1980 y 1990, encontramos a un magnate Trump erigido como el amo y señor de la promoción del boxeo a escala global. El empresario utilizaba sus despampanantes y lujosos casinos apostados en Atlantic City —con el emblemático Trump Plaza a la cabeza— como el imán perfecto para acaparar los combates más estelares y jugosos del planeta.
El hoy mandatario estadounidense no solo fue un espectador de lujo, sino que metió la mano directamente en la chequera para apadrinar múltiples eventos de Holyfield. El hito más rutilante de esta sociedad se consumó el 19 de abril de 1991, bajo los focos de la histórica trifulca bautizada comercialmente como “La Batalla de las Edades” (“Battle of the Ages”). En aquella noche, un joven e imbatido Holyfield expuso su corona de los pesos pesados ante el curtido veterano George Foreman. Para quedarse con el monopolio de la velada, Trump no escatimó en gastos y aplastó la oferta económica de gigantes rivales como el Caesars, desembolsando la astronómica cifra de 11,5 millones de dólares para garantizar que el espectáculo se montara bajo su carpa. Tras el triunfo de Holyfield por decisión unánime, el extasiado Trump tiró la casa por la ventana y organizó una fastuosa y desmedida fiesta de celebración en honor al campeón, nada menos que en las entrañas de su Trump Tower.
El micrófono presidencial en el polémico retorno al ring (2021)
El paso de las décadas no enfrió en absoluto esta lucrativa sociedad. El 11 de septiembre de 2021, un Holyfield de 58 años protagonizó un controvertido y criticado regreso al ensogado en un choque de exhibición frente a Vitor Belfort, antigua estrella de las artes marciales mixtas. Para inyectarle morbo al evento financiado por la plataforma Triller, los organizadores ficharon a Donald Trump y a su vástago, Donald Trump Jr., como los comentaristas estelares de una transmisión alternativa de la modalidad de pague por ver (PPV), promocionada bajo la polémica etiqueta de “sin censura”.
Trump no dudó en aceptar el jugoso encargo, escudándose en el profundo respeto y la admiración histórica que sentía por Holyfield, alegando que por nada del mundo se perdería el espectáculo desde la primera fila. Sin embargo, para desgracia del veterano boxeador, la farsa duró un suspiro: Belfort lo humilló propinándole un nocaut técnico apenas en el primer asalto.
Más allá del circo deportivo, Holyfield no ha tenido reparos en desnudar públicamente sus simpatías hacia Trump en el fango político:
Mitin político en 2018: Durante el primer mandato del líder republicano, el excampeón de los pesos pesados hizo acto de presencia en un enardecido evento de campaña (el famoso rally “MAGA”) en noviembre de 2018, fungiendo como un trofeo de apoyo. Tan estrecho es el lazo, que, en pleno discurso, el propio Trump frenó en seco su retórica para saludar y deshacerse en elogios hacia Holyfield ante la mirada delirante de todos los asistentes.
Toma de posesión en 2025: Para despejar cualquier atisbo de duda sobre una lealtad a prueba de balas, Holyfield engalanó el selecto grupo de celebridades y luminarias del deporte —compartiendo reflectores con figuras de la talla de Conor McGregor y los mediáticos hermanos Paul— que acudieron en enero de 2025 a la ceremonia de toma de posesión presidencial (inauguración) del segundo mandato de Donald Trump en la mismísima Casa Blanca.
En resumidas cuentas, esta intrincada red de lealtades que arrancó hace más de 30 años como una fría relación de negocios, donde el magnate financiaba y promocionaba a billetazos las peleas del entonces campeón monarca de los pesos pesados, terminó cristalizando en una alianza inquebrantable de cordialidad y respeto mutuo que sigue más viva que nunca en la actualidad.
Una hermandad histórica que añade el tinte de ironía definitivo a nuestra historia: en su infinita soberbia, los testaferros como Lorenzo Antonelli y criminales de cuello blanco como Alex Saab, creyeron que con sus millones manchados de sangre podían alquilar a una leyenda del boxeo para su teatro de lavado de dinero de TBA Promotions, ignorando torpemente que quizás, solo quizás, estaban metiendo en las entrañas del régimen de Maduro a un aliado de confianza del mandatario estadounidense.








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