El delirio de Mauro Yánez Quijada y su patética cruzada: Del prontuario de la PTJ al manicomio de YouTube

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En la Venezuela de los años 80 y 90, el nombre de Mauro Yánez Pasarella infundía una mezcla de temor, repulsión e impunidad. Como alto mando y director general de la extinta Policía Técnica Judicial (PTJ) -ahora CICPC-, su figura estuvo salpicada por los episodios más oscuros y corruptos de la historia contemporánea del país: desde su vinculación con la «Masacre de Yumare» y el megaescándalo cambiario de RECADI, hasta su infame papel como el gran encubridor en el mediático caso de Lorena Márquez en 1991.

Mauro Yánez Pasarella

Para quienes no lo recuerdan, fue el propio Yánez Pasarella quien, cediendo a groseras presiones del poder económico y del narcotráfico, catalogó apresuradamente como «suicidio» la evidente muerte por asesinato de la joven esposa del poderoso empresario y editor aragüeño Manasés Capriles, desatando un escándalo nacional que a la postre le costaría el cargo en medio de una purga ministerial. Décadas después, el apellido Yánez vuelve a resonar, pero esta vez despojado del poder de las chapas policiales, los expedientes amañados y sumergido en el terreno del patetismo digital. El protagonista ahora es su hijo, Mauro Yánez Quijada, quien parece haber cambiado las oscuras oficinas de interrogatorio de su padre por el tribunal imaginario de las redes sociales.

Mauro Yánez Pasarella (cen.)

La caída en desgracia de la dinastía Yánez es, cuanto menos, poética. Mientras Yánez Pasarella terminó sus días en un lúgubre asilo de ancianos en Oklahoma (EE.UU.) —involucrado en un infructuoso, estancado y paupérrimo proceso migratorio que debió ser tramitado por un tercero debido a su evidente deterioro de salud—, su hijo, Yánez Quijada, heredó la geografía, pero no la astucia.

Mauro Yánez Quijada

Radicado en Oklahoma desde hace mucho más de una década, Yánez Quijada, ha construido una fachada de respetabilidad: activista por los derechos de los inmigrantes, feligrés activo de la comunidad católica en la ciudad de Norman y académico egresado del Gaylord College of Journalism and Mass Communication de la Universidad de Oklahoma. Sin embargo, detrás de este currículum adornado, se esconde una psiquis aparentemente fracturada.

Quienes lo conocen de cerca aseguran que una serie de infortunios familiares —incluyendo la dolorosa y lamentable pérdida de un hijo en condición especial— marcaron un punto de quiebre en su cordura. El dolor es comprensible y humano; lo que resulta inexcusable es utilizar el desequilibrio emocional como licencia para el acoso, la difamación y el delirio de grandeza en plataformas públicas.

El «abogado de la Iglesia»  y sus amenazas de cartón

Mauro Yánez Quijada (Ilustración)

El mejor ejemplo de esta desconexión con la realidad se evidenció el pasado mes de junio, cuando Yánez Quijada emprendió una irrisoria campaña de acoso contra el reconocido periodista venezolano Alejandro Marcano. En una serie de comentarios enviados al canal de YouTube de Marcano, Yánez exhibió una ignorancia jurídica que avergonzaría a cualquier estudiante de primer semestre de derecho.

En un ataque de furia mística, Yánez Quijada amenazó a Marcano con demandarlo ante el Tribunal Federal del Distrito Oeste de Oklahoma por supuestamente permitir afrentas contra la Iglesia Católica en su programa. En sus propias palabras, plasmadas en la sección de comentarios y firmadas pomposamente con su título de maestría, advirtió: «Te aviso públicamente que yo sí te llevo a una corte federal… donde aquí hemos procesado y condenado a dos sacerdotes y se van a morir en la cárcel (…) Comienza a ahorrar para tu defensa».

¿Desde cuándo un ciudadano particular sin representación legal eclesiástica tiene la cualidad jurídica para demandar federalmente en nombre del Vaticano por un comentario en YouTube? La respuesta es simple: desde nunca. En Estados Unidos, la Primera Enmienda protege la libertad de expresión, y las bravuconadas de Yánez Quijada no son más que el reflejo de un ego inflado por el resentimiento y una profunda incomprensión de cómo funciona el sistema civil estadounidense. Sus amenazas de enviar un summons (citación judicial) para «defender lo sagrado» no pasan de ser un chiste de mal gusto, un espejismo legal producto de una mente que parece habitar en un mundo paralelo.

Pero el delirio de Yánez Quijada no se detiene en su autoproclamado rol de inquisidor judicial. Buscando resonancia para sus ataques contra Marcano, ha decidido arrastrarse hacia el fango del internet para aliarse con uno de los personajes más tóxicos, repudiados y cuestionables de la fauna digital venezolana: el youtuber Wender Villalobos, tristemente célebre y conocido en los bajos fondos de la red como «El Capitán Argolla» o «El Aguja».

Machado los cría y YouTube los junta: La tóxica sociedad entre un delirante y el rey de las «fake news»

Si Yánez tiene un historial familiar turbio, el de Villalobos no se queda atrás, pero en un ámbito mucho más rastrero: arrastra un repulsivo prontuario de acusaciones por violencia física, verbal y psicológica contra mujeres de su propio entorno, incluyendo a una expareja sentimental.

Irónicamente, este personaje misógino -como lo deja ver en sus lives, en donde ofende a sus propias seguidoras-, quien se autoproclama paladín de la verdad, es un experto en vaticinar «exclusivas» y «sucesos» que nunca ocurren, estafando la esperanza de sus incautos seguidores. Villalobos ha hecho de la mentira y la difamación su modelo de negocios. Recientemente, ha emprendido burdas campañas de descrédito contra el investigador Jorge Castro y otros analistas por el simple «delito» de no aplaudir ciegamente todo lo que hace María Corina Machado y su fracasado equipo comunicacional. Según las elucubraciones paranoicas y carentes de sentido de Villalobos, todo aquel que emita una crítica razonada es un infiltrado que «trabaja para Diosdado Cabello». Una narrativa tan infantil como risible.

Los titiriteros en la sombra: Vladimir Petit y «Nitu» Pérez Osuna

(Ilustración)

Pero Wender Villalobos y Yánez Quijada no son los cerebros de esta operación de sicariato digital contra Alejandro Marcano; son apenas algunos de los perros de ataque. Detrás de esta obsesiva campaña de desprestigio operan, desde las sombras, la periodista «Nitu» Pérez Osuna y su marido, Vladimir Petit, con quienes Villalobos reconoce abiertamente mantener contactos frecuentes.

Convertidos en una suerte de comisarios políticos y operadores comunicacionales oficiosos del extremismo que rodea a María Corina Machado, Pérez Osuna y Petit no toleran la postura crítica, objetiva e independiente de Marcano. Al verse incapaces de debatir con altura, azuzan a personajes de los arrabales de internet, para que hagan el trabajo sucio.

El circo en vivo: Delirios, presuntos delitos federales y el «infarto»

El clímax de este circo de la ignominia se consumó el pasado domingo 2 de agosto. Durante una transmisión en vivo en su canal de YouTube, Villalobos contactó vía telefónica a Yánez Quijada, quien respondió desde Oklahoma (desde su «cuarto oscuro», como él mismo mostró). Lo que se escuchó allí fue una mezcla de comedia barata y evidencia psiquiátrica.

Yánez Quijada, proyectando sus propias carencias, no escatimó en descalificativos contra Alejandro Marcano, tachándolo de «desgracia para el periodismo», acusándolo de odiar a María Corina Machado, de «dividir» y asegurando que le faltan «cuatro tornillos» (una ironía del tamaño de una catedral viniendo de Yánez). Para intentar darse aires de grandeza, Quijada sacó a relucir a su difunto padre —el oscuro ex PTJ Mauro Yánez Pasarella— y presumió, una vez más, de sus supuestos títulos universitarios, como si un cartón lo eximiera de la insensatez.

Pero el delirio de Yánez Quijada en esa llamada cruzó una línea muy delicada. En su afán por demostrar poder e influencia, confesó al aire haber trabajado para el gobierno federal estadounidense y tener información obtenida tras dedicarse a «seguir e investigar» a funcionarios de origen venezolano dentro de la administración norteamericana. Si esto es una fanfarronada producto de su inestabilidad mental, es patético; pero si es cierto, Yánez Quijada acaba de confesar públicamente, en un canal de YouTube, un acto de acoso y espionaje que constituye un grave delito federal en los Estados Unidos. La obsesión del «profesional» Yánez por stalkear y acosar parece no tener límites.

El remate: La traición del «aliado»

Como en toda obra de teatro absurdo, el final de la conversación fue tan predecible como bochornoso. Tras proponerle a Villalobos unir fuerzas en nuevos programas para destruir moralmente a Marcano e intercambiar contactos de Instagram («nosotros vamos a ganar esta vaina», decía entusiasmado), la conexión de Yánez se cayó abruptamente.

Lejos de mostrar preocupación por su flamante y «respetable» aliado de Oklahoma, Villalobos desnudó su verdadera naturaleza traicionera y burlona. Mientras Yánez estaba desconectado, «El Capitán Argolla» comenzó a mofarse de él frente a su audiencia, bromeando con que a Mauro «le dio un infarto», evidenciando que para Villalobos, Yánez no es un colega ni un aliado, sino un simple «tonto útil», un loquito de carretera al cual exprimir para generar morbo y complacer las órdenes de «Nitu» Pérez Osuna y su esposo.

 

Al final, la supuesta cruzada épica de Mauro Yánez Quijada contra Alejandro Marcano no es más que el pataleo de un hombre superado por sus propios demonios, manipulado por un youtuber con ínfulas de profeta y operado por un matrimonio que no soporta la disidencia periodística. Una alianza destinada a fracasar, que solo sirve para confirmar que, en ocasiones, la decadencia no solo se hereda, sino que se perfecciona.




 

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