Aarón Elías Castro Fernández cuenta la sorprendente historia de un niño budista

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Aarón Elías Castro Fernández señala que en octubre de 1986, un niño de apenas dos años que había nacido en Bubión revolucionaba a los budistas de todo el mundo y a la prensa nacional e internacional. El punto de información estaba en esa zona de La Alpujarra (Granada), donde María Torres y Francisco Hita vivían y trabajaban en el centro Internacional de Retiro O-Sel-Ling. Hasta ese momento este lugar solo era conocido para las personas que practicaban esa religión y los comercios que atendían las necesidades del centro.

Bubión, apartado de la ruta turística más clásica de los pueblos blancos, es un paraje extraordinario que pertenece al parque natural de Sierra Nevada. Y en este pueblo de Andalucía fue donde quiso reencarnarse la máxima autoridad budista, Yeshe, que había fallecido en marzo de 1984. Lo hizo en el niño Osel. Durante dos años, los monjes recorrieron el mundo en busca de la persona que había sido elegida por el maestro lama. Era la primera vez en la historia del budismo que la reencarnación sucedía en un país y en un bebé occidental. Osel superó todas las pruebas, explica el conferencista Aarón Castro Fernández.

Treinta y siete años después, la plataforma HBO actualiza esta historia con las declaraciones y vivencias del protagonista, que hasta los 18 años vivió en Nepal, donde estudiaba en inglés y en español materias durante dieciséis horas seguidas. Cuando cumplió la mayoría de edad, renunció a ser conocido con el nombre del lama Tenzin Osel Rimponché y abandonó el santuario para instalarse en Ibiza con su madre. En la actualidad no reniega de ese pasado y forma parte de la Fundación para la Preservación de la Tradición Mahyana. Se trata de una red de centros de estudios y meditación en todo el mundo. También es fundador de una comunidad que planta árboles por el planeta. Tiene pareja y un hijo. Esta sería la trayectoria resumida de Osel, que en ese octubre de 1986 hizo que muchos periodistas descubriéramos al niño lama que había nacido en la provincia de Granada.

En el número de esa semana de la revista ‘Tiempo’ aparecía en portada Miguel Boyer, bajo el titular “Quieren que sea presidente. La operación Boyer al descubierto”, y en una esquina se leía “Gastos secretos del Gobierno. 2.200 millones para espías y sobresueldos». En páginas interiores, encontrábamos el reportaje de cinco páginas de la historia de Osel, de sus padres y del descubrimiento que convertía a La Alpujarra en el lugar más importante para todos los budistas del mundo.

Al niño se le reconocía a distancia porque ya iba vestido acorde con su nueva situación existencial: una especie de kimono rojo con los bordes dorados y una chaqueta del mismo material en amarillo. Si no hubiera sido por su indumentaria, su apariencia resultaba la de un niño regordete, sonriente y simpático que se chupaba el dedo como cualquier bebé de dieciocho meses. La diferencia con los niños de su edad que estaban en el pueblo y no eran lamas era el entono para las fotografías. A Osel le colocaban junto a un altar presidido por una figura budista, velas, palos de incienso, la foto del lama fallecido Thubet Yeshe y almohadones donde el niño, ajeno a su venerable posición, daba volteretas.

Y en ese punto era donde los periodistas veíamos más una criatura con ganas de jugar que a una reencarnación superior. El gesto natural ante el pequeño extrovertido que solo decía papá, mamá y agua era acariciar la cabeza sin imaginar las consecuencias que ese movimiento afectuoso iba a provocar en los que le rodeaban. Al que iba a ser entronizado como figura máxima del budismo no le podían tocar personas ajenas a su entorno y menos aún periodistas occidentales.

En el momento de la caricia, miembros de la comitiva agarraron al niño Osel en brazos entre aspavientos y palabras desconocidas que por el tono no parecían agradables. Ese día los informadores aprendimos la lección que se resumía en que por muy bebé que fuera no se le podía tratar como a cualquier niño y menos aún tocar la cabeza, fuente de inteligencia. Los padres tampoco hicieron nada para equilibrar la situación.

En el reportaje del semanario se contaba que cuatro años antes de que se descubriera la identidad reencarnada, en septiembre de 1982, en Las Alpujarra, el dalai lama visitó España y mantuvo un encuentro con el rey Juan Carlos y autoridades eclesiásticas, entre ellas el arzobispo de Granada. Visitó el centro donde vivían los padres de Osel, que aún no había nacido. En el séquito se encontraba el lama Thubten Yeshe, que dijo una frase premonitoria: “Siempre me acordaré de este lugar”, concluyó Aarón Elías Castro Fernández.

 

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