Un repaso a las enmiendas que invoca su defensa contra la jurisprudencia del caso Noriega y la cola de tribunales que lo espera si las gana
Me han estado preguntando mucho sobre la posible anulación del juicio a Nicolás Maduro, basada en la influencia de los tecnicismos de los juzgados estadounidenses y en la ventaja del dinero abundante para contratar a una legión de abogados.
Queridos camaradas, hablando de Nicolás y Cilia, debo decirles que «no volverán…» esa frase, aunque les ha dejado de gustar, ahora sí que es una realidad.
No es un tema de revancha personal —aunque un poco sí lo es—; fundamentalmente es un tema de justicia, es la reivindicación de millones de personas que hemos sido víctimas de ese grupito zurdo, por lo cual tregua no les pienso dar y no voy a ocultar mi satisfacción.
Hay una escena que se repite cada pocas semanas en el Distrito Sur de Nueva York: Superbigote y Cilita, con uniforme de prisión, entrando a la sala federal a alegar algo que muy pocos abogados han tenido que litigar antes: ¿es posible que un jefe de Estado capturado por comandos militares en su propia residencia tenga derecho a que ese proceso se anule por la forma en que fue detenido? Su defensor, Barry Pollack, arguye que el gobierno estadounidense violó la Quinta y la Sexta Enmienda de la Constitución.
Suena grave; suena a una defensa sólida. El tema es que hay muchos elementos y múltiples planes de contingencia jurídica. Vale la pena explicar qué significa realmente ese argumento, porque muy probablemente no funcione, pero si llega a funcionar les va a doler aún más, porque tampoco van a volver a ser libres.
En criollo, lo que dice la defensa es que la Quinta Enmienda protege contra la autoincriminación y garantiza el debido proceso, mientras que la Sexta garantiza un juicio justo, con acceso a la evidencia y a una defensa efectiva. Pollack sostiene que el traslado militar de Maduro —capturado en Caracas y extraído sin las formas de una extradición ordinaria— contaminó el proceso desde su origen, y que el gobierno no puede invocar “seguridad nacional” para negarle acceso a evidencia exculpatoria bajo el estándar fijado en Brady v. Maryland (1963), el precedente que obliga a la fiscalía a entregar toda prueba que pueda favorecer al acusado. El primer argumento es absurdo: a los delincuentes se les captura y pocos son los que se entregan; el segundo es técnicamente coherente. Ambos al unirse son, casi con certeza, un callejón sin salida. Vamos al lío.
El precedente tiene nombre y apellido: Manuel Noriega. En 1990, el infame general intentó exactamente esta defensa alegando inmunidad de jefe de Estado y captura militar irregular, entre otras cosas. La Corte de Distrito Sur de Florida estudió el argumento y aun así perdió en primera instancia y en apelación ante el Undécimo Circuito.
El tribunal fue claro: “«”…Estados Unidos no reconoce inmunidad a quien Washington no reconoce como jefe de Estado legítimo…”. Aquí está el detalle que Pollack prefiere no subrayar en sus escritos: Maduro nunca calificó, porque nunca fue presidente. Se adjudicó el cargo mediante un fraude electoral documentado en 2024 —y podríamos mencionar que también se robó las dos anteriores, pero con la última bastará—.
No se trata de que perdiera la inmunidad al ser capturado; es que jamás tuvo un título válido para reclamarla. No es reconocido dentro ni fuera de Estados Unidos; ni siquiera Pedro Sánchez y sus aliados lo reconocen —que ya es decir bastante—. Aun así, no es solo la corte, sino casi todo el planeta el que comparte ese criterio.
Ahora bien, sobre los efectos jurídicos, debemos analizar la ironía de fondo: aunque gane, pierde…
Supongamos, por el placer del ejercicio jurídico, que Pollack logra lo impensable: el juez Hellerstein anula el proceso en Nueva York y dictamina que el mundo está equivocado y que Maduro sí es presidente. ¡Qué vaina! Champaña, titulares de prensa, escándalos, llantos y celebraciones. Duraría, según mis cálculos, lo que tarde el fiscal del Distrito de Columbia en marcar un número de teléfono, porque el expediente por narcoterrorismo no vive en un solo juzgado.
En 2020 se destaparon acusaciones formales contra Maduro y su círculo en al menos cuatro distritos federales distintos, como Columbia, Sur de Florida, Este y Sur de Nueva York, entre otros. Si Nueva York cae, Florida está servida, con jurado propio, competencia propia y una fiscalía que no tendría que empezar de cero. Y si por algún milagro procesal también fallase Florida, hay más distritos en la fila de extradiciones.
Ya lo he dicho: “No volverán”. Aun así, seamos muy fantasiosos: supongamos que, posterior a muchas extradiciones en Estados Unidos, todas las cortes deciden no juzgarlo. Ahí lo espera Buenos Aires. Desde 2024, la Cámara Federal de esa ciudad tiene una orden de captura internacional contra Maduro por crímenes de lesa humanidad, invocando la jurisdicción universal bajo el principio de complementariedad —el mismo principio bajo el cual el mundo persigue genocidios sin importar dónde ocurrieron—. Argentina ya notificó a Interpol. Y si eso tampoco prospera, queda la Corte Penal Internacional, que investiga a Venezuela desde 2018 bajo la causa “Venezuela I”.
El fondo del asunto: Pollack lo que está litigando no es una defensa de fondo sobre inocencia o culpabilidad; es una defensa de forma, diseñada exclusivamente para ganar tiempo procesal. Y tiempo es, quizás, lo único que de verdad puede comprar en este tablero. En materia de jurisdicción, Maduro no enfrenta un tribunal: enfrenta una cola. Nueva York, Florida, Buenos Aires, La Haya, posiblemente El Salvador o Colombia. Cada juzgado tiene sus tiempos, su propio expediente y su facultad para extraditarlo, lo que significa que cada proceso tiene su propia teoría del caso, y ninguno está particularmente interesado en dejarlo ir. ¿Ahora entienden por qué ya no es relevante si un tribunal falla a su favor?
La conclusión seria es que alegar “soy prisionero de guerra” no le va a servir, porque la inmunidad está ligada al trabajo que se autoadjudicó en 2024, y ese —a diferencia de los que ahora le esperan en los tribunales— sí que se lo quitaron rápido.
Lo siento, camaradas: “No volverán…”.


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