Era la puerta de entrada de Venezuela. Ahora, sin embargo, es una ciudad fantasma. La Guaira es una de las zonas que está sufriendo las consecuencias más dramáticas del terremoto. Hasta hace apenas dos días había edificios, entre ellos numerosos hoteles; hoy solo quedan extensiones de escombros y montones de ruinas. El polvo lo impregna todo: el aire, la tierra, el agua y los pocos alimentos disponibles.
Desde hace más de 48 horas, los cuerpos, vivos y muertos, atrapados bajo los escombros del complejo Luisa Cáceres de Arismendi, en la localidad de Catia La Mar, esperan el rescate. Entre ellos sobresalía el rostro desesperado de Amir Infante, de 16 años. Aún seguía con vida.
—«Por favor, no me dejen solo», decía a los transeúntes, que también luchaban por sobrevivir.
Casi todo el cuerpo de Amir permanecía sepultado bajo el edificio.
—«Los escombros pesan cada vez más. Creo que voy a perder la movilidad», decía a quienes, impotentes, se detenían a escuchar su historia.
Era imposible salvarlo únicamente con fuerza humana, sin herramientas. Lo sabían los bomberos que, junto con los vecinos, intentaron rescatarlo con las manos, con las uñas. En un momento dado, su cuerpo ya no soportó el peso de la estructura y, tras una lenta agonía, Amir murió.
—«No lo logró», dicen entre lágrimas los vecinos.
Entre los testigos está el periodista Román Camacho, también golpeado por la crisis humanitaria.
—«Tengo el corazón destrozado», afirma.
Él, que se unió a los rescatistas, reconoce:
—«Quisiera ayudar a todos. Pero es imposible responder a todas las emergencias».
Bajo los escombros todavía hay muchos otros «Amir», luchando contra el tiempo y el peso de la muerte. Sin embargo, el Estado no consigue ir más allá del centro de Caracas. Nadie llega a ese antiguo litoral, playa de todos —ricos y pobres—, punto de encuentro tanto de oligarcas cercanos al Palacio de Miraflores como de funcionarios de la Seguridad Pública.
También hablan los supervivientes, como Yilsmaris Blanco, de 39 años:
—«Fue terrible. Todo, absolutamente todo, se derrumbó».
Blanco agradece a la Providencia:
—«Estamos vivos. Pero hay gente que ahora mismo está sufriendo, con familiares sepultados, a quienes no pueden recuperar».
La región permanece aislada.
—«Recogemos la información sobre el terreno. Luego regresamos a Caracas y enviamos las noticias», explican algunos periodistas locales al diario Avvenire.
Sobre la situación también interviene el médico cubano Dreny Ley González, quien subraya:
—«Esta catástrofe nos está poniendo a prueba. Los hospitales están trabajando al límite de sus posibilidades, ya no quedan camas. Y la relación entre médicos y pacientes ya no da abasto. Hay demasiados heridos».
En el hospital José María Vargas, las esperas son larguísimas. Algunas personas llevan allí 48 horas.
—«No tenemos espacio dentro. El temor a una nueva y fuerte réplica nos obliga a esperar en el estacionamiento», dijo a Avvenire un médico que pidió permanecer en el anonimato.
—«No contamos con recursos suficientes para la cantidad de personas que tenemos delante», añade.
Lo confirma también Jenny Martínez, familiar de un paciente, quien relata:
—«En el hospital de La Guaira ya no aceptaban a nadie. Tuvimos que trasladarnos a Caracas».
Fuera del hospital continúan las operaciones de rescate. Entre los pequeños milagros figura el salvamento de Mateo, un niño de siete años, el único superviviente de su familia.
—«Yo estaba en la parte trasera del edificio. Mi mamá dejó de respirar a las 7:30», contó a los rescatistas.
En la región —donde se encuentra el aeropuerto internacional de Maiquetía, ahora fuera de servicio— vuelven a abrirse las heridas de 1999, cuando las inundaciones y los retrasos del gobierno de Hugo Chávez costaron la vida a más de 10.000 personas.


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