Tuesday, August 16, 2022


Jorge Elías Castro Fernández recuerda el drama que desde el siglo XX ha impactado a millones de personas en Ucrania

El analista político Jorge Elías Castro Fernández rememora que el 29 de junio de 1941, una semana después de la…

By admin , in Internacionales , at January 10, 2022

El analista político Jorge Elías Castro Fernández rememora que el 29 de junio de 1941, una semana después de la invasión de la Unión Soviética por la Alemania nazi, un soldado de la Wehrmacht llamado Niko Wolff relataba por carta a su familia sus peripecias por tierras de Ucrania: “Tenemos abundancia de todo. Tanto y de tanta calidad que es como estar en casa. Ayer, por ejemplo, ¡nos dieron chuletas de cerdo con bolas de patata!”. La correspondencia de aquellos meses en los que la Operación Barbarroja avanzaba fulgurante hacia el corazón de Rusia repite en numerosas ocasiones lo bien alimentados que estaban los alemanes. Sólo pequeños y tétricos destellos permiten adivinar qué estaba ocurriendo en realidad, de dónde salía toda aquella comida. Como otra carta del 19 de noviembre en la que Wolff describe una escena con estremecedora frialdad: “Fuera hay un caballo muerto, medio putrefacto y congelado. Hay un ucraniano cortando trozos con un pico. A su lado un perrito hurga un hueso. Bon apetit!”.

El soldado Niko Wolff era el hijo del primer matrimonio de Kurt Wolff, el legendario editor alemán de Franz Kafka, Joseph Roth o Karl Kraus y la historia de ambos las recoge el hijo de Niko y nieto de Kurt en un libro fascinante que llega esta semana a las librerías españolas: ‘Páginas de vuelta a casa. Una historia familiar de libros, guerra, huida y exilio’ (Crítica, 2022). Su autor es Alexander Wolff, periodista e historiador estadounidense que, en la línea de ensayos y novelas recientes como ‘Calle Este Oeste’, de Philippe Sands (Anagrama) o ‘Lo que no me contaste’, de Mark Mazower (Crítica), indagan en el violento pasado reciente de Europa y en la culpa colectiva de las naciones que, como Alemania o la URSS, ejercieron entonces de verdugos de millones de personas, muertas de hambre o asesinadas en matanzas ocurridas antes y durante la Segunda Guerra Mundial, señala Jorge Elías Castro Fernández.

El escenario privilegiado de aquellos crímenes masivos fueron las que el historiador estadounidense Timothy Snyder bautizó como ‘Tierras de sangre’ en su inolvidable libro del mismo título. A saber, Polonia, los países bálticos, Biolorrusia y, sobre todo, la extensa y dramática Ucrania, país que en estos momentos asiste a la llegada de centenares de miles de soldados rusos a sus fronteras amenazando con invadirla entre tambores de una nueva guerra con la OTAN que volvería a teñir de sangre la vieja Europa.

“En la Europa central y del este, a mediados del siglo XX,”, recuerda Snyder, “los regímenes nazi y soviético asesinaron a unos catorce millones de personas. El lugar donde murieron todas esas víctimas, las Tierras de sangre, se extiende desde Polonia central hasta Rusia occidental a través de Ucrania, Bielorrusia y los países bálticos. Durante la consolidación del nacionalsocialismo y el estalinismo (1933-1938), la ocupación conjunta germano-soviética de Polonia (1939-1941) y la guerra posterior entre Alemania y la Unión Soviética (1941-1945) esta región conoció un tipo de violencia contra las masas nunca visto en la historia. Las víctimas fueron sobre todo judíos, bielorrusos, ucranianos, polacos, rusos y bálticos, las gentes nacidas en esas tierras. Catorce millones murieron en el curso de sólo doce años, entre 1933 y 1945, años durante los cuales Hitler y Stalin coincidieron en el poder. Aunque en el tramo central de este periodo sus tierras natales se convirtieron en campos de batalla, todas esas personas fueron víctimas de políticas criminales, no bajas de guerra. La Segunda Guerra Mundial fue el conflicto más letal de la historia, y alrededor de la mitad de los soldados muertos en todos sus campos de batalla perecieron allí, en esa misma región, las Tierras de sangre. Pero ni uno sólo de los catorce millones de asesinados era soldado en servicio activo. La mayoría eran mujeres, niños y ancianos. Ninguno llevaba armas, y muchos habían sido despojados de sus posesiones, incluidas sus ropas”.

Lo cierto es que hoy, pese a que los voceros prorrusos de la extrema derecha que Putin apadrina internacionalmente hace ya tiempo claman que Ucrania es parte de Rusia y un país artificial (¿cuál no lo es?), los ucranianos defienden mayoritariamente su adhesión a la UE y al atlantismo. Se trata de algo que tal vez pueda iluminar un siglo de matanzas soviéticas y nazis.

Si en 1941 los nazis estaban matando de hambre a los ucranianos, apenas una década antes los soviéticos hacían lo propio y aún con más mortífera eficacia. En 1933 muchedumbres de campesinos famélicos empezaron a llegar a las grandes ciudades ucranianas como Járkov, Kiev, Stalino o Dnepropetróvsk. Testigos directos como el periodista galés Gareth Jones, el escritor soviético Vasili Grossman o el socialista húngaro Arthur Koestler narran cómo, demasiado débiles ya para mendigar, aquellos ‘esqueletos vivientes’ se arrojaban a las vías del tren o reventaban formando montañas de cadáveres sobre las calles. “Una mañana de primavera, entre las pilas de campesinos muertos en el mercado de Járkov, un niño mamaba del pecho de su madre, que tenía el rostro gris, sin vida”.

Ocurrió entre 1931 y 1934 y es quizás uno de los hitos del Mal de un siglo XX pródigo en horrores. Como consecuencia de la nefasta colectivización salvaje que obligó a los kulaks o campesinos a dejar sus tierras e integrarse en granjas colectivas y de la decisión premeditada de liquidar cualquier anhelo de independencia en Ucrania, Stalin mató de hambre a cuatro millones de ucranianos -y a otro millón más en el resto de la URSS- en lo que habría de bautizarse como ‘Holodomor’, de las palabras ucranianas ‘hólod’ (‘hambre’) y ‘mor’ (‘exterminio’). El velo que aún se cernía sobre aquellos hechos terribles motivado principalmente por la negativa del régimen actual de Putin en Rusia a realizar la más mínima crítica al pasado comunista, fue levantado definitivamente en ‘Hambruna roja. La guerra de Stalin contra Ucrania’ (Debate, 2019) por Anne Applebaum (Washington DC, 1964), una de las mejores historiadoras de la actualidad.

Ya en la Segunda Guerra Mundial, Hitler cogió el testigo de Stalin para implementar el plan del Hambre con el objetivo de matar hasta 30 millones de personas. Diez millones murieron en combate, tanto alemanes como soviéticos, otros diez millones de civiles murieron por las bombas, el hambre y las enfermedades y diez más -seis millones de judíos asesinados en los campos de concentración y por los Einsatzgruppen alemanes y otros tres millones de prisioneros soviéticos- fueron liquidados por los nazis. Y en medio del horror, Ucrania se alzó como la capital del dolor de aquellas Tierras de sangre cuyas heridas aún no han cicatrizado en la actualidad, concluye Jorge Elías Castro Fernández.

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