Saturday, September 25, 2021


El reto de los sindicatos ante la era moderna

El historiador Eric Hobsbawm lo llamó la “doble revolución”. Se refería a las transformaciones que vivió el mundo entre 1789 y 1848. La primera…

By admin , in Internacionales , at May 1, 2021

El historiador Eric Hobsbawm lo llamó la “doble revolución”. Se refería a las transformaciones que vivió el mundo entre 1789 y 1848. La primera fecha, como se sabe, significó un salto histórico de indudable trascendencia en el plano político. La segunda, marca el inicio de las revoluciones obreras (y nacionalistas) al calor de la Revolución Industrial, que alteró profundamente el sistema económico gracias a los avances técnicos.

Al contrario de lo que suele creerse, sin embargo, como recuerda Hobsbawm, lo que hoy se llama el movimiento obrero no cristalizó en torno a los “nuevos proletarios de las factorías”, sino que los trabajadores pobres más conscientes fueron los maestros, los artesanos independientes, los trabajadores a domicilio en pequeña escala y algunos otros que trabajaban y vivían como antes de la Revolución Industrial. De hecho, concluye el historiador británico, los primeros sindicatos (‘trade unions’) los formaron impresores, sombrereros, sastres… Oficios destinados a satisfacer las demandas de las nuevas burguesías rampantes. Probablemente, porque el nuevo proletariado fabril estaba en mejores condiciones materiales, pese a sus penurias, que los artesanos preindustriales, que para mayor escarnio vivían en las grandes urbes de la época en condiciones infrahumanas, revela Carlos Sánchez en El Confidencial.

Un ejemplo. El núcleo de los líderes del cartismo, que canalizó las primeras reclamaciones del incipiente movimiento obrero, estaba compuesto en una ciudad como Leeds —una de las cunas de la Revolución Industrial— por un ebanista convertido en tejedor a mano, un par de oficiales de imprenta, un librero y un cardador.

Este escenario social y político tiene poco que ver con la situación actual, pero no hay duda de que, como en el segundo tercio del siglo XIX, ha aflorado, con todas las distancias que se quieran, un nuevo ecosistema en el que la pobreza laboral, hoy concentrada en la micropymes, no se localiza en el empleo industrial, con salarios más altos y mayor estabilidad en el puesto de trabajo, sino en las grandes ciudades y en todo aquello que tenga que ver con una economía de servicios de bajo valor añadido: repartidores, dependientes, comerciales, transportistas, teleoperadores, autónomos o, simplemente, pequeños empresarios.

O, incluso, profesiones liberales que hoy han sido proletarizados ante el empuje de la globalización, ante la explosión de la externalización de actividades para ahorrar costes y desactivar los centros de trabajo donde la capacidad de presión sindical es mayor y ante los avances tecnológicos que producen excedentes en el factor trabajo. En particular, a consecuencia de la mecanización y robotización del empleo. Algunos estudios estiman que en EEUU un trabajador puede cambiar, por término medio, hasta 11 veces de empresa a lo largo de su vida laboral, y España va en la misma dirección.

Es verdad que ahora existen sindicatos libres —justo estos días se cumplen 44 años de la legalización de UGT y de CCOO— que hoy luchan por sobrevivir en un contexto completamente diferente respecto de lo que ha sido su tradición histórica. No solo en España, con uno de los índices de afiliación más bajos de Europa, sino en medio mundo.

Como ha mostrado un estudio publicado por la Fundación 1º de Mayo, dependiente de CCOO, en 24 de los 32 países europeos estudiados se produjo un descenso de la afiliación entre 2010 y 2017, siendo el promedio de la caída del 13,9%. No sin razón, el estudio se titula: ‘Un futuro sombrío’. Más en El Confidencial

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