El presidente de los obispos: «En una Venezuela de rodillas, la Iglesia organiza la esperanza»

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Por Estefano Tamburrini

«Es tiempo de unidad. Las rivalidades y divisiones políticas deben dejarse a un lado. El desafío que tenemos por delante, el peor desastre del siglo, requiere la participación de todos. Cada uno según sus propias responsabilidades. La prioridad son las víctimas y quienes sufren en estas horas dramáticas». Es el llamado de monseñor Jesús González de Zárate, presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana y arzobispo de Valencia, 72 horas después de la serie de sismos que el 24 de junio devastó al menos cinco regiones del país sudamericano.

Lo contactamos por teléfono poco antes de la celebración en la iglesia dedicada a San Juan XXIII, en su diócesis. «Inmediatamente después del sismo sentimos el abrazo de la Iglesia universal —comenta monseñor González—. Han llegado muchos mensajes de solidaridad de las conferencias episcopales del continente, además de la ayuda concreta del Santo Padre, de la Conferencia Episcopal Italiana y de diversas organizaciones vinculadas a la Iglesia». Un sentido de comunión que en estas horas se extiende por todo el territorio venezolano, donde hoy se celebrará una jornada de oración convocada por los obispos e inspirada en el Salmo 46,1, que dice: “Dios es nuestro refugio y fortaleza, ayuda siempre cercana en las angustias”.

Monseñor González, ¿cuál es la respuesta de la Iglesia ante la agonía del pueblo venezolano?

La Iglesia está presente desde las primeras horas. Obispos y sacerdotes están en parroquias, hospitales y comunidades. Sobre todo en La Guaira, que hace 27 años fue golpeada por otra tragedia de grandes proporciones: la inundación que causó más de 10.000 víctimas. La comunidad está herida y se siente impotente. También les sucede a muchos sacerdotes, que en aquella época eran seminaristas. Toca volver a empezar de cero otra vez. La Iglesia está en primera línea: ayuda a transportar cadáveres y acompaña a los fieles en las comunidades más afectadas. No tenemos una maquinaria de ayuda ni capacidad logística para retirar los escombros, pero ayudamos al pueblo a gestionar su propio dolor.

¿Qué ambiente se respira entre los escombros?

Mi arquidiócesis, Valencia, no está entre las más afectadas. Sin embargo, en todas partes hay un clima de gran tensión. No se sabe cómo terminará todo. Y las réplicas continúan. Por eso intentamos afrontar los miedos y tensiones mediante la oración y el encuentro.

También a través de los puntos de recogida de Cáritas.

Es una forma de organizar la esperanza y coordinar la respuesta de personas que, espontáneamente, se han movilizado para ayudar y socorrer a sus vecinos. Desde el primer momento, la red Cáritas se activó a todos los niveles —nacional, diocesano y parroquial—, entre la recogida de bienes de primera necesidad y la respuesta a las emergencias. También trabajamos en un mapeo de las necesidades, junto con la red de voluntarios, conscientes de que será un camino largo, que durará en el tiempo.

¿Es decir?

Actuamos en dos niveles. Por un lado, ayudamos y consolamos a quienes están en el dolor. Por otro, empezamos a proyectar la reconstrucción de vidas y ciudades a largo plazo.

La opinión pública pide transparencia en la distribución de las ayudas. ¿Cómo puede garantizarse?

Estamos llamados a unir las voluntades de todos y a custodiar cada donación, en un momento sociopolítico delicado. Según los testimonios de Cáritas, incluida la de Valencia, muchas personas confían en la Iglesia como puerto seguro al que entregar sus donaciones. Están seguras de que lo compartido, incluso con sacrificio, llegará a las víctimas. Esta es una gran responsabilidad, porque muchos, entre los pobres, dan lo poco que tienen. También son muchas las ayudas que llegan del Papa, de la Iglesia italiana y de otros países. Serán útiles para la reconstrucción, que será larga. Basta pensar en nuestras iglesias, muchas de ellas por restaurar, otras por demoler y reconstruir desde cero.

¿Qué le preocupa más en este tiempo tan dramático?

Nuestra confianza reside en Dios. Y es el sentimiento general de la población. También lo dicen los números. En las horas posteriores al terremoto las iglesias estaban llenas. De ahí la convocatoria de una Jornada de oración —hoy—, para que todos podamos sentirnos unidos ante el Padre. También nos reconforta el abrazo de la Iglesia y del mundo, que no nos han dejado solos.

Cuando los focos se desplacen a otra parte, ¿qué Venezuela buscará construir la Iglesia?

Soñamos con un país que vuelva a partir de los valores de solidaridad que lo unen y que en estas horas se manifiestan también en los menos acomodados y en todos aquellos que, arriesgando su propia vida, la ponen al servicio de los demás. De hecho, en estos momentos de prueba y crisis, el pueblo venezolano está redescubriendo sus propias cualidades. También porque todos hemos sido golpeados, de alguna manera, por la tragedia; todos conocemos a personas que lo han perdido todo, desde sus casas hasta sus seres queridos. Habrá que atesorar esta experiencia, tan dolorosa, pero también los gestos de bien, para construir un país mejor. Hay que superar los antagonismos que, durante décadas, han desgarrado a Venezuela, empobreciéndola y cerrando las puertas a los jóvenes, muchos de los cuales se han visto obligados a emigrar. Debemos permanecer unidos, en todos los frentes. Y entonces saldremos mejores.




 

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