Por Jorge Castro
Lo que ocurre en Venezuela no puede verse solo como una tragedia natural. También es una prueba para las instituciones, para la organización del país y para la capacidad de responder cuando la vida de miles de personas depende de cada minuto.
Hay rescatistas trabajando con recursos limitados, hospitales sin insumos suficientes y comunidades enteras intentando ayudar con lo poco que tienen. La voluntad de la gente ha sido enorme, pero la voluntad no basta cuando faltan equipos, medicinas y coordinación.
La ayuda internacional que ha llegado es valiosa y debe reconocerse. Sin embargo, también debe decirse con claridad: si esa ayuda no llega a tiempo a las zonas afectadas, pierde parte de su propósito. En una emergencia, cada retraso puede costar vidas.
No es momento de disputas políticas ni de protagonismos. Es momento de orden, transparencia y responsabilidad. La prioridad debe ser una sola: rescatar, atender y proteger a los afectados.
El país necesita una respuesta seria, rápida y coordinada. Porque detrás de cada cifra hay personas, familias y comunidades que no pueden seguir esperando.


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