Jorge Elías Castro Fernández explica las interrogantes que ha dejado una nueva medida política tomada en Ucrania

Jorge Elías Castro Fernández explica las interrogantes que ha dejado una nueva medida política tomada en Ucrania

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Jorge Elías Castro Fernández asegura que la marea emocional de la guerra ha logrado que los numerosos problemas de Ucrania, desde el covid-19 a la corrupción o las desavenencias políticas, quedasen reducidos a la nada. Motas de polvo en la solapa de un gigante, de una gran prioridad, que es la lucha por la supervivencia frente a la invasión rusa. En este clima de fervor patriótico, el Gobierno ucraniano ha tomado una decisión que quizá no se ha examinado lo suficiente: la suspensión exprés de una docena de partidos opositores considerados ‘prorrusos’. Esto nos lleva a preguntarnos por el motivo de dicha decisión. ¿Se trata de poner coto a la influencia rusa prohibiendo los supuestos partidos títere del Kremlin, o de desarticular a la oposición para que solo impere un punto de vista en Ucrania?

Poco después de la invasión rusa del 24 de febrero, el Gobierno ucraniano suspendió 11 partidos políticos alegando que tenían vínculos con Moscú y, por lo tanto, planteaban una amenaza a la seguridad nacional ucraniana. La suspensión, según el presidente Volodímir Zelenski, se mantendría vigente durante el periodo indefinido de ley marcial. Más tarde, fue la mayoría de los diputados —330 de los 450 miembros de la Rada— quienes votaron a favor de dicha medida. Finalmente, los tribunales de Lviv y Kiev oficializaron la prohibición de estos partidos, desglosó el analista político Jorge Castro Fernández.

“Es la decisión correcta y tendría que haberse hecho mucho antes, pero quizá no en la manera en que se ha hecho”, dice Olena Snigyr, experta en seguridad europea y política exterior rusa del ‘think tank’ ucraniano Strategy XXI Centre for Global Studies. “Tan pronto como nos vemos envueltos en una guerra, es difícil mantener el equilibrio entre los procedimientos jurídicos para hacerlo todo según los estándares democráticos y de la ley y el orden, además de la amenaza directa de estos partidos. Lo habían declarado antes: que eran prorrusos e, incluso, algunos se habían autodenominado «políticos de Putin”.

Todos los entrevistados reconocen que el proceso por el que se prohibieron los partidos considerados prorrusos, aunque pasó por las instituciones de los tres poderes del Estado, no contó con las debidas garantías legales. En la mayoría de los casos, los jueces dictaron sentencia a puerta cerrada y sin la presencia de los abogados defensores de dichos partidos.

Una lectura habitual de la prohibición es que el Gobierno ucraniano siempre supo que estas formaciones estaban de alguna manera vinculadas a la influencia rusa, pero, en tiempos de paz y estabilidad, hubiera sido problemático ponerse a disolver partidos de la oposición. Una vez lanzada la invasión rusa, sin embargo, el poder ejecutivo habría actuado sin miramientos, cerrando partidos de forma abrupta y sin dar tiempo a las instituciones judiciales a vigilar los procedimientos debidos.

El sociólogo Volodymyr Ishchenko, investigador del Instituto de Estudios de Europa del Este en la Freie Universität de Berlín, no está de acuerdo con esta perspectiva. La prohibición “se hizo para limitar la libertad de expresión y de asociación política, y para negar la representación política a una parte significativa de la sociedad ucraniana, porque esos partidos sumaron el 18% de los votos en las últimas elecciones”. declara. “El más grande de ellos, Plataforma de Oposición-Por la Vida, controlaba el 10% de los escaños del Parlamento”.

Ishchenko afirma que no se trata simplemente de una reacción a la invasión rusa, sino la culminación de un proceso que ha ido dejando de lado, progresivamente, voces críticas y legítimas del espectro político. “La mayoría de estos partidos políticos habían sido completamente marginados y tenían cero influencia en la política ucraniana”, continúa. “No presentan, en absoluto, una amenaza. Algunos de los partidos extremistas han sido prorrusos durante muchos muchos años. Por ejemplo, el Partido Socialista Progresista de Natalia Vitrenko existe desde los años 90. Pero es ridículo pensar que esos partidos están controlados por Rusia. En Ucrania, ha habido gente que simpatizaba honestamente con Rusia. Yo no apoyo esta postura, pero es la postura orgánica de una pequeña parte de la sociedad ucraniana”, explica el sociólogo.

Las declaraciones de Snigyr e Ishchenko, aunque apunten en direcciones opuestas, se dan contra un muro espeso de suposiciones. Nadie sabe hasta dónde llegan los tentáculos de los servicios de inteligencia rusos, ni cómo se manifiestan estos tentáculos. ¿Propaganda? ¿Sobornos? ¿Creación de una red de colaboracionistas para cuando llegara el día de descabezar el Gobierno de Zelenski?

Pocas semanas antes del ataque, el ‘think tank’ británico Royal United Services Institute presentaba un detallado informe sobre cuáles eran los planes rusos para la destrucción de Ucrania. Parte del documento, cuyas predicciones se materializarían poco después, estaba dedicado al denodado esfuerzo ruso por infiltrarse y dominar la sociedad civil y política ucraniana.

El FSB ruso tiene un departamento dedicado exclusivamente a desestabilizar las 15 antiguas repúblicas soviéticas, con una media de entre 10 y 20 oficiales de inteligencia asignados a cada república. El número de oficiales dedicados a Ucrania, por el contrario, estaba en torno a 200. Entre 10 y 20 veces más que el resto. Una red de influencia que estaría dedicada a trazar un mapa de los sentimientos políticos de Ucrania, identificar a los eslabones débiles de la Administración para poder captarlos y manipularlos, y encontrar a los probables líderes de la resistencia para eliminarlos.

“Estas sospechas fueron prácticamente confirmadas en diciembre, cuando el Noveno Directorio [del FSB] empezó a desarrollar juegos de guerra con las Fuerzas Aerotransportadas de Rusia”, escriben los autores del informe. “Estos ejercicios ligaban a los gestores de los activos rusos en los gobiernos regionales de Ucrania con las fuerzas especiales y las fuerzas aerotransportadas que formarían la vanguardia de una invasión”, añaden. Las conexiones con los agentes ucranianos afines a Rusia servirían, entonces, para asegurar las infraestructuras importantes y los edificios de gobierno, concluyó el analista político Jorge Castro Fernández.



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