En Venezuela, un mes después del terremoto, Muhannad y los demás siguen excavando entre los escombros en busca de cuerpos

Compartir

Por Estefano Tamburrini, Caraballeda (La Guaira)

Hay al menos 40.000 desaparecidos. El Gobierno quiere retirar los escombros y demoler los edificios en peligro de derrumbe, lo que ha provocado la indignación de la población. El domingo se celebrará en todas las iglesias la colecta convocada por la Conferencia Episcopal Italiana para enviar ayuda.

En Venezuela, el terremoto del 24 de junio causó 5.546 muertos, 16.740 heridos y 17.907 desplazados. Enviar productos de primera necesidad a un país afectado por un terremoto puede aumentar los problemas logísticos, en lugar de aliviar el sufrimiento de la población. Por este motivo se organizan campañas de recaudación de fondos, como la colecta que la presidencia de la Conferencia Episcopal Italiana ha promovido para mañana en todas las iglesias. Cáritas se encuentra en primera línea asistiendo a la población y será la encargada de recibir estas ayudas.

Con apenas doce años, Muhannad Alrim ya socorría a amigos y familiares en su ciudad natal, Idlib, devastada por la guerra civil de Siria, que en 2015 lo convirtió en refugiado. Ahora tiene veintisiete. Y la historia, con sus ironías, lo ha llevado hasta Caraballeda, la zona cero del terremoto que hace un mes destruyó La Guaira y otras regiones de Venezuela.

Lo encontramos trabajando cerca del Caraballeda Golf & Yacht Club, requisado y transformado en refugio para desplazados, hospital de campaña y helipuerto para la llegada de ayuda humanitaria. Junto a él hay una decena de compañeros, todos menores de treinta años, equipados con cascos, picos, palas y otras herramientas.

Forman parte de SOS Caraballeda, un grupo autogestionado que se encuentra en primera línea tanto en las labores de rescate como en la atención a los supervivientes, el otro frente de esta crisis, que corre el riesgo de agravarse si las instituciones no responden a tiempo.

—He vuelto a vivir en mi propia piel el drama de mi tierra —comenta Muhannad—. No podía permanecer indiferente.

Cada noche lo invade el recuerdo de quienes no lograron sobrevivir.

—Había una mujer, un cuerpo sin vida —relata—. Tenía la mano extendida hacia arriba, como si pidiera ayuda, y una expresión de dolor en el rostro. Sueño con ella a menudo.

El grupo, fundado por la joven Zaimar González, recibió sus primeras nociones de rescate de los mexicanos de Search and Rescue.

—Nos están ayudando a coordinar los trabajos, también con otras organizaciones —explica Brayan Morillo, de 22 años—. Por supuesto, retiramos escombros, pero lo más importante es el acompañamiento.

Parte de esta labor la realizan sacerdotes y religiosas, ejemplo de una Iglesia en salida por las calles de Tanaguarena y sus alrededores.

—No los dejaremos solos, Dios está con ustedes —dice el padre Xulio Ruiz, de la congregación Hijos de María Inmaculada, mientras consuela el llanto desconsolado de una madre que había encontrado el cadáver de su hijo.

También el cardenal Baltazar Porras, arzobispo emérito de Caracas, recorrió algunas de las zonas afectadas por el terremoto.

—He visto dolor, por supuesto —declaró al terminar su visita—. Pero también he encontrado una dignidad indestructible, una fe viva y una fraternidad conmovedora.

Basta con cruzar la mirada con los supervivientes para comprender la magnitud del dolor dejado por el terremoto, especialmente entre quienes esperan noticias de los desaparecidos, que superan los 40.000. La cifra oficial de fallecidos es de 5.546.

Rosa Arias lo sabe bien. Cada día busca noticias de su hermano, Alipio Rafael Marín, desaparecido en el Bloque 3 del complejo residencial, ahora reducido a escombros. Sin embargo, la actualización de las listas avanza con lentitud.

—No es justo tener que soportar todo esto —exclama Arias, desahogándose con otros familiares—. Cuánta tristeza.

Las búsquedas en las zonas del desastre apenas se interrumpieron durante el minuto de silencio celebrado el viernes, un mes después del terremoto. Al hacer balance de la crisis, Médicos Sin Fronteras habla de una «profunda crisis psicológica» entre quienes, además de haber perdido sus hogares, siguen buscando a sus seres queridos.

La situación se agrava por la intención de Caracas de demoler los edificios destruidos o en peligro de derrumbe, una medida rechazada por los familiares.

—Que ni se les ocurra, porque los echaremos de aquí —declara al periódico Avvenire Javier Navarro, que perdió a su abuela, su madre, su hija y otros familiares—. La gente no olvidará a sus muertos que siguen ahí dentro.

La medida también ha sido cuestionada por el Colegio de Ingeniería de Venezuela, que ha pedido que, antes de las demoliciones, se respeten los protocolos patológicos y forenses necesarios para «determinar las causas» de las muertes.

Mientras tanto, la presidenta Delcy Rodríguez intenta responder a la emergencia mediante un «plan maestro». La prioridad es la «construcción de viviendas» para quienes han resultado directamente afectados, pero también la «reconstrucción espiritual» del país.

Su gestión cuenta con el respaldo de Donald Trump, quien considera que la presidenta encargada «está haciendo un trabajo fantástico».

También la Cruz Roja local ha dado un paso adelante al firmar un acuerdo con la empresa Ernst & Young para garantizar la «transparencia» en la entrega de la ayuda humanitaria.




 

Economista venezolano Jesús Casique realiza colecta para la compra de insumos y medicamentos tras sufrir ACV


COMMENTS