El sismo también ha desgarrado la psique – ESTEFANO TAMBURRINI

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«Los venezolanos estamos agotados»

El Gobierno promete créditos que cubrirán el 80 % de la reconstrucción. «Pero hará falta mucho tiempo y no tenemos el resto del dinero», dice, desanimado, Manuel Pérez, que lo perdió todo en el terremoto.

Tiene los ojos llenos de lágrimas, mira fijamente el Caribe y está sentado a orillas del Paseo La Marina, el paseo marítimo que abraza los atardeceres de Catia La Mar, ahora desolado y lleno de escombros que recuerdan a todos el devastador terremoto de hace dos meses. La desgarradora expresión de Manuel Pérez, de 39 años, recuerda el llanto de Ulises, que desde la orilla de la gruta de Calipso contemplaba el mar soñando con regresar a casa, a su Ítaca. Manuel, sin embargo, ya no tiene un techo al que volver.

Su vivienda, situada a pocos metros de donde está sentado, quedó destruida el 24 de junio. Dos meses después, en las dos paredes que permanecen en pie puede leerse: «Propiedad privada». Fueron los vecinos quienes lo escribieron, como si la frase pintada con espray bastara para impedir la entrada de los saqueadores —algunos de uniforme— que, en medio de la tragedia, se apoderan de los bienes abandonados.

«Esto era lo último que nos faltaba», comenta Pérez en voz baja, recordando la inundación de 1999. «Mamá y papá no sobrevivieron. Pero también hay un problema para nosotros, los que seguimos vivos, obligados a empezar de cero, solos y sin un centavo».

Es cierto que el Gobierno de Delcy Rodríguez garantizará la titularidad de los terrenos a quienes hayan perdido su casa y abrirá líneas de crédito que cubrirán hasta el 80 % de la reconstrucción de cada vivienda.

«Pero harán falta años. Y, además, ¿quién tiene el veinte por ciento restante?», se pregunta Juliana Pereira, de 56 años y madre de dos hijos, refiriéndose a los 14.000 dólares que necesitaría para reconstruir una vivienda. «Estamos en números rojos: ganamos menos de 200 dólares al mes y para vivir hacen falta cinco veces más».

El futuro cuesta demasiado y del pasado solo quedan escombros, entre los que todavía se recuperan cadáveres, pero también fotografías familiares, diplomas e incluso cuadernos con propósitos personales, con frases como: «Este año dejaré de fumar».

El superviviente queda así atrapado en el aquí y el ahora, como explica el psicólogo clínico Manuel Hernández-Pacheco, en una situación en la que «el trauma tiende a repetirse», en una especie de «presente eterno» que lo devasta. También pesa el contexto anterior al terremoto: pobreza, violencia política y represión. «Después del sismo estamos emocionalmente quemados», se desahoga un voluntario.

Se presta la máxima atención a los más pequeños, que tienen dificultades para permanecer dentro de las tiendas de campaña de tres metros cuadrados importadas de China.

«Tengo que correr detrás de él. La tienda es minúscula. No consigue quedarse dentro. Quiere salir, jugar, pero afuera no es seguro», dice Yuleima, madre de un niño de tres años.

«Ellos están entre los más vulnerables. Y nosotros tratamos de llevar una sonrisa en medio del dolor», cuenta Emmanuel Suarez, psicólogo de 24 años que llegó al lugar junto con otros colegas del estado Lara, situado a cientos de kilómetros, para organizar un taller con los niños de la localidad de Playa Grande.

«Nos preocupan sobre todo los niños neurodivergentes, con autismo o TDAH, cuyas vulnerabilidades se agravan en una situación de crisis como esta». Para su grupo, «hay que vigilar el trato que reciben los pequeños en los campamentos», allí donde «la emergencia humanitaria se encuentra en su punto más delicado».

Además, las conductas suicidas comienzan a aparecer entre quienes lo han perdido todo. «Algunas personas ya se han quitado la vida», explica Zuly Mejias, directora del Centro de Estudios “Otro enfoque”. «Han perdido a sus familias y sus hogares».

Consultada sobre este fenómeno, Caracas no responde, mientras fuentes independientes registran al menos sesenta suicidios entre los supervivientes. Médicos Sin Fronteras y la Federación Venezolana de Psicólogos advierten de un aumento de «casos de depresión, insomnio y pensamientos de autolesión cada vez más recurrentes».

También preocupa la situación de quienes siguen buscando los cuerpos de sus familiares.

«Busco a mi tío. No voy a dejarlo solo. Él lo sabe. No regresaré a casa sin recuperarlo», dice Alejandra Padrón, de 39 años. «No estaba preparada para todo esto».

No hay ninguna información sobre más de 40.000 desaparecidos. La prioridad está completamente centrada en las demoliciones y la retirada de escombros.

Las operaciones avanzan más lentamente en Caraballeda, Naiguatá y Tanaguarena, cubiertas por una nube de polvo que lo invade todo.

«Sin sepultura, el duelo queda suspendido», explica Clara Astorga, presidenta de la Federación de Psicólogos de Venezuela. «La búsqueda de los cuerpos hace todavía más dura la situación psicológica de miles de personas».

También por este motivo se ha activado la red de psicólogos de la Universidad Católica “Andrés Bello” y del hospital “José María Vargas”, reconocibles por sus batas blancas, que se esfuerzan por acompañar a quienes viven en medio del dolor, la resignación y la desilusión.

«Aquí, sin embargo, haría falta un ejército de psicólogos», constatan. Un deseo imposible de cumplir incluso si los 12.000 psicólogos de Venezuela se trasladaran de golpe al Litoral Central.

Los supervivientes intentan volver a empezar, desafiando la emergencia y su propia fragilidad.

Es el caso de Dayana, que abre su tienda de alimentos en días alternos.

«Volví a abrir el negocio siete días después del terremoto», dice Dayana, resignada. «Trabajo, me siento útil e intento no dejarme vencer por esa sensación de derrota que afecta a todos y a todas, como si acabáramos de perder una guerra».




 

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