Algo quedó claro en la publicación de la Revista Raya por RTVC: Está en marcha una paracampaña política de un sector de la derecha para influir en la elección presidencial. Lo que viene haciendo el excanciller Jaime Bermúdez con el llamado “Proyecto Júpiter” no es –como él pretende– una jornada altruista de educación cívica y difusión de los valores democráticos. Lo que realmente hace es propaganda para promover una visión de ultraderecha, exacerbar el miedo entre los trabajadores de las empresas que le abren la puerta, y consolidar un falso dilema según el cual Colombia está condenada a escoger entre quien diga Álvaro Uribe y el abismo.
También quedó claro que lo que hizo Raya no es ninguna investigación. Es simplemente la publicación de una presentación de Bermúdez ante un grupo de empresarios, interpretada en algunos momentos de manera sesgada, en medio de pequeños errores fácticos y seguida de una serie de conjeturas que terminan poniendo en el mismo plano hechos y especulaciones.
Por ejemplo, cambiaron el sentido de una frase en el PowerPoint de Bermúdez para darle uno más conveniente al gobierno. La presentación del excanciller señala que uno de los puntos de su plan es “Evidenciar la narrativa confrontacional del gobierno”. Pero la narración del programa de Raya asegura que lo que dijo fue “Instalar una narrativa confrontacional frente al gobierno nacional”. Dos significados que no solo son diferentes, sino también opuestos.
Desconcierta, también, que Raya asegure que los aliados del Plan Júpiter en su transformación cultural son seis, pero solo mencione cinco. El logosímbolo de uno de ellos, el que cobra $2.440.000 por taller, fue cubierto para volverlo ilegible. La razón para ocultar a ese aliado es un misterio para los televidentes.

También hay errores pequeños que me hacen dudar del esfuerzo investigativo. Por ejemplo, mencionan en audio un artículo del Código Sustantivo del Trabajo, pero muestran otro en video.
En pocas palabras, creo que la Revista Raya sí tenía un tema para investigar, pero se conformó con sugerir una teoría de la conspiración y, además, de manera un poco chapucera. Con errores de fondo, de forma, y sin documentar, por ejemplo, cuáles fueron los trabajadores constreñidos a votar por la evidente candidata de Bermúdez.
Ahora vamos con el señor Jaime Bermúdez –a quien Raya magnifica presentándolo como el hacedor del triunfo de Álvaro Uribe en 2002– está lejos de ser el genio que describen. Por esa época era más bien una especie de Ricardo Galán ilustrado, que logró recalar más alto y convertirse en embajador y canciller.
Es un vendedor de humo. En la presentación a sus patrocinadores –que le han dado “5.000 millones de pesos largos”, según él, y 7.000 según _Raya_– aseguró que con sus mensajes había alcanzado 17 millones de personas usando entre otras cosas el numeral #EstáEnNuestrasManos.
Fui a buscar la cuenta de Instagram de “Está en nuestras manos” y me encontré que tiene 229 seguidores. ¿Ese es el gran alcance de su campaña?

Uno de los mensajes, publicado el 12 de marzo, cuatro días después de la consulta, celebra el triunfo de Paloma Valencia sin nombrarla: “Ya abrimos el camino. Ya demostramos que somos millones pensando lo mismo”. La respuesta fue menos masiva que lo que presagiaba el aviso. Apenas tuvo cuatro likes y tres comentarios.

La mejor prueba de la propensión de Bermúdez a exagerar sus logros está en una frase de la presentación: “Pero tenemos agencias digitales que son estas, de Libertank y La Silla Vacía que nos están permitiendo escalar de manera abrumadora, abrumadora. Les doy un dato: en una semana llegamos a 400 personas en una sola empresa que distribuyeron entre cerca de 800 empleados”. Contactar 800 personas en una semana no es abrumador, es menos de lo que logra un niño en TikTok.
Libertank es un centro de “pensamiento” dirigido por Camilo Guzmán, un antiguo subalterno de la senadora uribista Paola Holguín.
El señor Bermúdez se negó a hablar conmigo. Le pregunté a Juanita León, directora de La Silla Vacía, si consideraba un abuso del excanciller calificar al medio como una de sus “agencias digitales”. Ella me respondió que sí y agregó que él solamente los había contactado con la Fundación Probogotá, que patrocinó contenidos producidos de manera independiente por el equipo periodístico para ser publicados exclusivamente en La Silla Vacía.
Habla bien de La Silla que esté recibiendo ataques tanto de la izquierda como de la derecha.
La izquierda porque quiere cobrarle su periodismo crítico al gobierno Petro y la derecha de Abelardo de la Espriella y su padrino Gabriel Gilinski porque quiere desquitarse de que haya evidenciado los pobrísimos resultados de los negocios del autodenominado tigre y el generoso patrocinio que el dueño de Semana le dio a la fallida candidatura de Vicky Dávila, auspicio que ella negaba sin sonrojarse.
Todo eso es verdad, pero también es cierto que La Silla Vacía ha cometido errores en esta campaña y que no ha tenido la humildad de reconocerlos.
Por ejemplo, en la publicación que sugiere vínculos ilegales del senador Iván Cepeda con Raúl Reyes, La Silla omitió mencionar que en el computador del cabecilla abatido no hay correos electrónicos. Ni uno, solo mensajes de Word. No hay manera de establecer trazabilidad de los emails. No se sabe si entraron o salieron. Por lo demás, el mensaje mencionado, aún en sus interpretaciones más parcializadas, está lejos de comprometer al ahora candidato con la guerrilla. Hay buenas razones para criticar a Cepeda, pero esta no es una de ellas.
Sin embargo, esa terca equivocación no convierte a La Silla en una máquina de propaganda. Con honestidad, no pienso que quiera favorecer ninguna candidatura. No puedo decir lo mismo de Jaime Bermúdez ni de RTVC, patrocinador exclusivo de la Revista Raya.

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