El poder y la locura – Por GONZALO GUILLÉN

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En la primera semana de “gobierno”, Abelardo de la Espriella ha despertado el terror y el recuerdo aterrador de los disparates, los desmanes y los caprichos de los más infames y temibles tiranos de América. Ha venido cambiando aceleradamente la Constitución Nacional por la biblia de los protestantes y de los curas, así como de la torá judía. De ahí que las normas jurídicas rectoras, los derechos y las máximas elementales de la jurisprudencia, dejarán de residir en los 380 artículos de la Constitución Política y pasarán a depender de los versículos proféticos, poéticos, sapienciales, demenciales, cantos y “sabidurías”, que pregonan, por ejemplo, la pena de muerte por desobediencia filial, la lapidación por violar el descanso sabático; la negación de la ciencia y la física moderna; alargar la luz del sol para que las tribus israelitas puedan ganar batallas; la regularización de la esclavización con normas tales como que un amo puede golpear a su esclavo con una vara hasta matarlo, pues el esclavizado es de su propiedadRespecto de las mujeres establece que deben “estar sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia […] Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo”. Dios impone para ellas restricciones severas en el ámbito de la enseñanza y la autoridad religiosa: “[Que] la mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio”. Así, supongo yo, deben de funcionar los matrimonios como el del delincuente Carlos Alonso Lucio y Viviane Morales, ni más ni menos que nueva ministra de educación.

Todos los tiranos de América han sido fanáticos religiosos, ocultistas y supersticiosos, incluido Fidel Castro, quien fue criado por los santeros, los jesuitas, y los babalaos.

Arriba: (izquierda a derecha) Alelardo de la Espriella, Maximiliano Hernández Martínez, Manuel Antonio Noriega, Gustavo Rojas Pinilla, Nayib Bukele y Donald Trump. Abajo: (izquierda a derecha) François Duvalier, Rafael Leonidas Trujillo, Laureano Gómez, José Gaspar Rodríguez Francia, Emilio Garrastazu Médice y Álvaro Uribe
Arriba: (izquierda a derecha) Alelardo de la Espriella, Maximiliano Hernández Martínez, Manuel Antonio Noriega, Gustavo Rojas Pinilla, Nayib Bukele y Donald Trump. Abajo: (izquierda a derecha) François Duvalier, Rafael Leonidas Trujillo, Laureano Gómez, José Gaspar Rodríguez Francia, Emilio Garrastazu Médice y Álvaro Uribe.

 

El general Maximiliano Hernández Martínez, sátrapa salvadoreño que gobernó con yugo inquebrantable entre 1931 y 1944, determinó que la muerte de un hijo suyo fue ordenada en un acto de venganza por espíritus oscuros que, además, se disponían a matarlos también a él y al resto de su familia. Estableció enseguida que aquellas presencias ominosas se habían convertido en perros negros y emitió de inmediato una disposición de exterminio por medio de un decreto oficial de seguridad pública que ordenó al ejército y a la policía recolectar y sacrificar a todos los perros negros del territorio nacional. La población civil, aterrorizada por los antecedentes de masacres brutales cometidas por el régimen en 1932, se vio obligada a entregar sus amados perros negros a las patrullas militares para evitar acusaciones por traición y brujería en contra del señor presidente.

Hernández Martínez sumó a sus directrices gubernamentales la obligación de envolver con papel celofán rojo todas las bombillas del alumbrado público del país para atender así una mortífera epidemia de sarampión. Lo hizo porque él mismo se había robado el presupuesto de la salud pública y no estaba dispuesto a devolverlo para darle al pueblo atención médica. Basado en su corriente filosófico-religiosa de teosofía, determinó que la luz brillante es muy molesta y dolorosa para los enfermos de sarampión, debido a la fotofobia que ocasiona.

Alvaro Uribe, en Colombia (2002-2010), tachado como violador sin condena de mujeres, celebraba con misas católicas las masacres que ordenaba cometer hasta alcanzar la suma de al menos diez mil inocentes fusilados —muchos menores de edad—. Le encomendaba los asesinatos a la “virgen santísima”, de la que es devoto. La  mayoría de esos muertos cayeron mediante la modalidad conocida como “falsos positivos” de las fuerzas militares, de policía y escuadrones de la muerte del narcotráfico, conocidos como paramilitares, que actuaban bajo sus órdenes. Puso a su policía política a intervenir y perseguir a periodistas y jueces que investigaban sus delitos; compró su reelección en el congreso; se robó los fondos púbicos para pagar los subsidios a los campesinos con mayores necesidades;  le rendía cuentas a los narcotraficantes en reuniones concertadas en los sótanos del palacio presidencial; cercó pueblos enteros con el ejército y apresó a los habitantes, adultos y niños, acusándolos de terroristas; extraditó a Estados Unidos a todos los narcotraficantes y asesinos que operaban para él y así evitó que Washington se lo llevara a cambio de ellos; delinquió con la finalidad clara de enriquecer a sus dos hijos legítimos, otorgándoles licencias para organizar zonas francas en lugares que a nadie más le eran permitidas, de mamera que adquirieron latifundios por hectáreas y los vendieron sobrevalorados por metros. Comenzó su carrera política en los años setentas como director de la Aeronáutica Civil y desde allí les otorgó licencias para aviones y pistas a los grandes narcotraficantes que, con esa ayuda estratégica y desmedida, inundaron el mundo de cocaína y conformaron el Cartel de Medellín, del que hizo parte su padre, Alberto Uribe Sierra. A Álvaro Uribe lo puso al mando de la aviación civil el presidente Julio César Turbay Ayala, quien, de acuerdo con documentos de Washington recientemente desclasificados, trabajaba para la traficante pionera Griselda Blanco Restrepo, conocida como “La reina de la coca”. Durante décadas, los laberintos de la cocaína en Colombia han conducido a Uribe Vélez.

Guillermo León Valencia gobernó a Colombia entre 1962 y 1966. Conservador doctrinario, es uno de los mandatarios más singulares del país. Borracho empedernido de fuerte temperamento, convencido de su sangre hidalga y apegado a las tradiciones coloniales españolas, tenía un carácter impulsivo. Solía pasar noches en el puteadero de una tal Blanca Barón y en las madrugadas, antes de subirse al Cadilac presidencial que lo esperaba, con la mano izquierda se apoyaba sobre un poste del alumbrado público y con la otra se ayudaba para orinar con la soltura de cualquier camello de lánguidas cervices. El reportero Carlos Caicedo una vez lo fotografió meando de madrugada en la vía pública y los gorilas de la seguridad le rompieron la cámara. Cortaba el hilo de un plumazo en reuniones con ministros, diplomáticos o jefes políticos en el palacio presidencial y se disolvía como la niebla al primer golpe de sol para irse con sus perros a cazar patos en las lagunas de la Sabana de Bogotá o en el departamento del Cauca, donde sus antepasados escribían versos y cazaban indígenas por deporte. Poseía una vasta colección de armas de fuego y era, decía él, un tirador excepcional. Para liberar las tensiones debidas al surgimiento de las guerrillas comunistas, solía practicar su puntería disparando desde los balcones del Palacio hacia objetos de los jardines interiores, con lo cual espantaba a los reclutas de la guardia presidencial que conocían perfectamente los resultados de sus terribles borracheras. En uno de esos tiroteos alcohólicos mató con su escopeta a dos pavos reales que adornaban los jardines y los mandó desplumar y preparar para el almuerzo. Preso de su delirio etílico y, tambaleándose, le ofreció un banquete en el Palacio al general francés Charles de Gaulle en sus días de gloria; alzó su copa de vino y gritó “¡Que vivan España y su presidente de Gaulle, hic!”.

Fue amante de la bohemia, la poesía y la música de cuerda. Solía resolver crisis políticas extendiendo las jornadas hasta la madrugada y, en algunas ocasiones, la decisión final de quién ocuparía un ministerio o una embajada o recibiría un contrato se tomó al calor de una serenata de tiple, guitarra y bandola. Tuvo un gran sentido del humor y una extraña característica que nadie le perdonó jamás: no fue ratero.

El general Manuel Antonio Noriega gobernó Panamá durante la Guerra Fría, hasta 1989, cuando los Estados Unidos, de los que era su lacayo, invadieron el país, lo sacaron y lo condenaron por los mismos delitos de narcotráfico que cometió por órdenes de la CIA, de la que era colaborador a sueldo. Mientras los helicópteros Apache y los tanques estadounidenses rodeaban el cuartel central de El Chorrillo, Noriega no estaba revisando estrategias militares ni articulando la resistencia con sus comandantes. Se encerró con su equipo de babalaos de confianza para que lo volvieran invisible. Pero la cúspide de sus delirios estaba en la gran mansión, donde  mantenía un altar de santería y palo mayombe, que hedía. Estaba repleto de enormes sapos muertos y cada uno representaba una intervención maligna de su parte; tenían alfileres cruzados para causarles tormentos a personas determinadas y dentro de las tripas podridas de cada cadáver había pergaminos con nombres de pila de personas, escritos en tinta negra, entre ellos los de oficiales del Pentágono, directores de las agencias de inteligencia gringas, fiscales de Miami que lo habían acusado de narcotráfico, y líderes de la oposición civil panameña. Noriega pretendía así mantener “amarrados” y sometidos a sus enemigos y malquerientes. Fue célebre violador y esclavizador de mujeres con las que tuvo una cantidad indeterminada de hijos. En todos los cuarteles del país abusó incluso de niñas, como Donald Trump en Estados Unidos, y también con la venia de la justicia. Noriega murió a los 83 años, en mayo de 2017, en Ciudad de Panamá, después de haber permanecido en cárceles de Estados Unidos y Francia.

El general colombiano Gustavo Rojas Pinilla fue dictador entre 1953 y 1957. Implantó la censura de prensa, cerró los principales diarios, metió en la cárcel a los periodistas incómodos, instituyó la adoración de su imagen en las escuelas de todo el país, por lo cual hubo una generación que durante largo tiempo lo tuvo por santo católico. Se mandó confeccionar uniformes militares estrafalarios, con charreteras, botones y lazos dorados, un enorme cinturón, como el de los campeones de boxeo, con el escudo nacional en piedras preciosas y una banda presidencial bordada con hilos de oro. El domingo 5 de febrero de 1956 ordenó asesinar a 36 personas en la plaza de Toros La Santamaría, de Bogotá, en represalia por que su hija, María Eugenia Rojas —belfa, como él—, había sido rechiflada por el público durante una corrida de toros. Agentes del Servicio de Inteligencia Colombiano, detectives privados y matones a sueldo provistos de armas cortas, garrotes y puñales, se infiltraron entre los aficionados de la siguiente corrida de la temporada, cerraron con candado las puertas de la plaza y cometieron la masacre cuando el público comenzó por segunda vez a vociferar iracundo contra la hija del dictador. Los días 8 y 9 de junio de 1954 ordenó al ejército y la policía abrir fuego de fusilería sobre una manifestación pacífica de estudiantes en el centro de Bogotá que protestaban contra la dictadura por haber asesinado al estudiante de medicina y filosofía Uriel Gutiérrez. Cayeron muertos doce muchachos y otros 50 resultaron heridos. El 7 de agosto de 1956, cuatro mil personas murieron en Cali al estallar un convoy militar que llevaba 1,053 cajas de dinamita gelatinosa. Cuarenta manzanas a la redonda fueron borradas del mapa.

El país es él: se llama Salvador. Salvador Bukele. Quiso ser abogado, trabajó en publicidad y ahora es el último tirano y carcelero en esa tierra de grandes tiranos. Se describe como el “dictador más cool del mundo mundial” y “Rey de El Salvador”, por lo cual abolió las leyes electorales justas y transparentes y aseguró así su reelección indefinida hasta que llegue el día de su muerte, que demorará varias décadas, pues apenas tiene 45 años, a menos que Cristo Rey disponga otra cosa. Adoptó el bitcóin como moneda de curso legal y vende bonos de la mitológica ciudad llamada por él Bitcoin City, una metrópoli imaginaria y futurista, libre de impuestos y financiada con “bonos volcánicos”. Imparte las órdenes militares por mensajes de teléfono y rompió la institucionalidad de los decretos y ministerios al utilizar la red social X como su principal canal de mando. A través de trinos, destituye ministros, ordena al director de la Policía Nacional Civil realizar cercos militares en ciudades enteras o exige a las Fuerzas Armadas intensificar los operativos de seguridad. Se armó un uniforme de gorra puesta al revés, chaqueta de cuero y zapatillas deportivas. La barba la lleva podada a ras y pintada de negro azabache, como la de su imitador pequeñín —megalómano defensor y promotor de grandes criminales—, el colombiano Abelardo de la Espriella. La nombradía internacional de Bukele se debe a que encarceló a 118 mil habitantes de los barrios marginales que tuvieran tatuajes o hubiera contra ellos conjeturas de ser malhechores callejeros. Estos condenados a cadena perpetua, sin fórmula de juicio justo, permanecen semidesnudos y encadenados dentro de enormes gallineros y representan cerca de tres por ciento de la población del diminuto país, que es de seis millones de almas y tiene un tamaño de dos millones 204 mil 100 hectáreas, el equivalente a solo unos 200 latifundios de narcotraficantes, militares y políticos colombianos, de 10 mil hectáreas cada uno. Bukele asegura que nadie volvió delinquir en las calles por miedo a su fórmula carcelaria y cada día confina a alguien más para mantener vivo el terror. Los crímenes de cuello blanco, como la gran corrupción del propio Bukele y su familia, no se ha visto afectada y, más bien, aumenta y se ramifica de manera febril y consistente, siempre y cuando Bukele vaya montado en cada chanchullo.

François “Papa Doc” Duvalier, tiranizó  Haití entre 1957 y1971. El sincretismo del vudú fue su principal arma de terror estatal. Se autoproclamó públicamente como la encarnación física de Barón Samedi, el temido espíritu vudú de la muerte. Obligaba a sus cuerpos de seguridad (los Tonton Macoute) a vestir traje funerario, cubilete de sepulturero, gafas oscuras, corbata morada y, en ocasiones especiales, maquillaje de calavera, para emular a aquel demonio. Afirmaba ser el mayor controlador de la magia negra y llegó a sostener que él mismo había provocado el asesinato del presidente estadounidense John F. Kennedy, en Dallas, Texas, mediante una maldición; ordenó decapitar a sus rivales políticos para conservar sus cabezas en el palacio presidencial, se posaba frente a cada una de ellas y consultaba los espíritus de los difuntos a los que pertenecían. Tras su muerte, el poder lo heredó su hijo holgazán de 19 años Jean-Claude Duvalier, mejor conocido mundialmente por sus apodos en francés e inglés como Bébé Doc o Baby Doc. También fue un tirano desalmado y sádico durante su gobierno, entre 1971 y 1986. Mantuvo operando a los Tonton Macoute y bajo su mandato se ejecutaron miles de detenciones arbitrarias, torturas y asesinatos de opositores y periodistas, con lo cual causó el exilio masivo de la población. Mientras Haití se consolidaba como el país más pobre del hemisferio occidental, Bébé Doc desvió millones de dólares del presupuesto nacional para financiar un extravagante estilo de vida. Es célebre su boda faraónica, en 1980. Costó cerca de ocho millones de dólares de hoy en una época de hambruna nacional. Fue derrocado en 1986, al cabo de una insurrección popular masiva que lo obligó a huir al exilio en Francia, donde estuvo prófugo durante veinticinco años, regresó clandestinamente a Haití en 2011, fue descubierto por el gobierno y afrontó procesos por crímenes de lesa humanidad y corrupción. Murió de un ataque cardíaco en octubre de 2014.

Rafael Leónidas Trujillo avasalló a República Dominicana entre 1930 y 1961. Sigue siendo el estereotipo clásico y dominante del tirano americano. Cambió el nombre de la capital del país, Santo Domingo, por el de Ciudad Trujillo. Nombró a su hijo menor, Ramfis Trujillo, como general del ejército a la edad de cuatro años, con sueldo y mando de tropa real. En un evento internacional coronó a su hija Angelita como “Reina de la Paz del Mundo” y la vistió para la ocasión con un traje de armiño importado de Europa y lleno de piedras preciosas que costó más que el presupuesto anual de educación del país; obligó a que todos los hogares dominicanos colgaran una placa que decía: “En esta casa manda Trujillo, aquí vive Dios”. El periodista y escritor canadiense William Krehm (1913-1919), en su exquisito libro Democracias y Tiranías del Caribe cuenta que para conocer la fecha de un documento público en la República Dominicana debía precisarse si fue expedido antes o después de la Era de Trujillo, ET, del mismo modo que también se datan los sucesos de la humanidad con AC y DC (antes y después de Cristo). Fue el protagonista de una de las eras más oscuras, teatrales y violentas de la historia americana. Apodado “El Jefe” o “El Generalísimo”, fusionó un terrorismo de estado sanguinario con un culto a la personalidad que lindaba con el delirio.

Trujillo, en un arranque de xenofobia y limpieza étnica, en 1937 ordenó al ejército el exterminio de la población de origen haitiano que residía en las zonas fronterizas dominicanas. Para identificar a las víctimas, los soldados obligaban a las personas a pronunciar la palabra “perejil”; debido a las diferencias lingüísticas del criollo haitiano, quienes no podían pronunciar correctamente la “r” eran ejecutados a machetazos. Se calcula que fueron masacradas hasta 35 mil personas. Asesinó en 1960 a Minerva, Patria y María Teresa Mirabal, tres hermanas intelectuales y librepensadoras, conocidas como “Las Mariposas”, para que dejaran de liderar la resistencia interna contra la tiranía. Trujillo ordenó a su policía secreta interceptar el vehículo en el que viajaban, fueron golpeadas hasta la muerte y sus cuerpos arrojados a un barranco para simular un accidente de tránsito. Su aparato de inteligencia y persecución iba más allá de la isla. En 1956, agentes de Trujillo secuestraron en pleno centro de Nueva York al profesor español Jesús de Galíndez, crítico de su régimen; fue trasladado clandestinamente a Santo Domingo, donde el dictador lo torturó personalmente antes de desaparecerlo. Del mismo modo, en 1960, Trujillo financió un atentado con carro bomba en Caracas contra el presidente venezolano Rómulo Betancourt, quien sobrevivió con graves quemaduras. Llevó su egolatría a toda la geografía nacional: tomaba un mapa y les ponía su propio nombre a pueblos y montañas; ordenó colocar letreros de neón obligatorios en las fachadas de todas las iglesias y carteles en los hogares con el eslogan: “Dios y Trujillo”. En 1955, en medio de una profunda crisis social, el dictador organizó la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre para celebrar sus 25 años en el poder. Gastó cerca de 30 millones de dólares de la época (un tercio del presupuesto nacional anual de la nación) en un evento que duró meses.  Utilizaba las arcas públicas y el Banco de Reservas de la República —creado por él en 1941— como si fuera su propia billetera y tenía allí una cuenta personal con varios millones de dólares de fondos públicos, que depositó, poco a poco, en billetes de todas las denominaciones, con el único propósito de ahorrar para el bienestar financiero y los lujos de Lina Lovatón, una de sus amantes favoritas.

Los métodos de tortura de la policía secreta de Trujillo se infligían en una prisión clandestina. Aplicaba castigos sádicos que incluían el uso de la silla eléctrica, bastones eléctricos de alto voltaje aplicados en los genitales y cajas de madera repletas de hormigas carnívoras africanas, en las que introducían las extremidades de los prisioneros para forzarlos a firmar confesiones falsas. La pesadilla de Trujillo concluyó el 30 de mayo de 1961, cuando su automóvil, Chevrolet Bel Air azul, modelo 1957, fue emboscado en una carretera en las afueras de la capital por un grupo de antiguos colaboradores militares y civiles enviados por la CIA, harta de las excesivas masacres y abusos de su lacayo. Lo ajusticiaron con 60 tiros. Esa vez se dirigía, sin mayor custodia, de Santo Domingo a San Cristobal, para reunirse  con una de sus amantes a escondidas de las demás.

La esposa de Trujillo, María Martínez Alba, madre de sus hijos Ramfis, Angelita y Radhamés, tenía desvaríos literarios y publicó el libro “Meditaciones Morales” que, por decreto presidencial, se volvió de lectura obligatoria en todas las escuelas del país y no pasó mucho tiempo para saber que se trataba de un plagio. Ya viuda, su memoria fue devorada por una demencia senil profunda y, entre otros asuntos importantes como los nombres de sus hijos, olvidó en qué banco suizo y en cuál lugar del Palacio Nacional, de 18 mil metros cuadrados, estaban escondidas las claves para acceder a la cuenta en la que su marido ocultó para ella una parte de la fortuna que le robó al país. Fue acogida en Panamá por el dictador Manuel Antonio Noriega, donde murió a los 89 años profiriéndoles insultos constantes a las mujeres que la cuidaban y creyendo que aún era la suprema Primera Dama de la República Dominicana.

Laureano Gómez, El Monstruo, gobernó Colombia entre 1950 y 1953. Sanguinario, fascista, corrupto, pedorro y fanático religioso, llegó a la presidencia debido a que fue el único candidato en contienda, pues amenazó de muerte y persiguió a quienes quisieron competirle. Su gestión combinó un fundamentalismo católico radical, excentricidades institucionales inspiradas en el fascismo europeo y el recrudecimiento sangriento de la época conocida como “La Violencia”, durante la que hubo 300 mil homicidios políticos cuando el país tenía 12 millones de habitantes. Esto quiere decir que fue ejecutada alrededor del 2.5 por ciento de la población nacional. Respaldó y financió el uso de los “Chulavitas”, paramilitares que asesinaban y desterraban con la ayuda de la policía secreta clandestina, conocida como “Los Pájaros”. Estos últimos, con la ayuda de la iglesia católica, organizaron escuadrones de la muerte con gatilleros a sueldo, cuya misión era asesinar selectivamente a líderes liberales, empresarios y terratenientes incómodos para la dictadura civil de “El Monstruo”. Con el propósito de darle gusto a Estados Unidos, envió tropas de sacrificio, integradas por campesinos liberales, analfabetas en su mayoría, para que fueran asesinados en la guerra civil de Corea, un movimiento geopolítico infame y desmesurado para la realidad del país. Mientras tanto el territorio colombiano se desangraba en una guerra civil. Así limpió su imagen internacional de simpatizante fascista ante la Casa Blanca. Instauró la censura de prensa más fuerte de la historia de Colombia, a cargo de una oficina de censores oficiales que revisaban, página por página, los periódicos, libros y revistas antes de entrar en imprenta. Por último, envió turbas oficialistas a incendiar los principales diarios de la época, como El Tiempo y El Espectador, y dio instrucciones precisas para que la policía y los bomberos no intervinieran. Propuso una constitución fascista que eliminara el sufragio universal y el congreso tradicional, para implantar otro, igual al modelo sanguinario de las dictaduras de Francisco Franco, en España, y de Benito Mussolini, en Italia. Gómez pretendía crear una asamblea donde los ciudadanos no votaran de forma individual, sino agrupados por gremios (médicos, ganaderos, clérigos, abogados…), con el objeto de consolidar un Estado abiertamente católico, autoritario y de corte fascista. Gobernaba bajo una disparatada paranoia retórica. Creó el mito político del “Basilisco”, un monstruo mitológico con cabeza de gallo y cuerpo de serpiente que encarnaba los peligros del liberalismo, el comunismo internacional, la masonería , el ateísmo y el protestantismo. Sostenía que se habían fusionado en una sola entidad demoníaca que pretendía destruir a Colombia. Con esto justificaba su guerra santa.

José Gaspar Rodríguez de Francia, fue conocido históricamente por el título oficial, que él mismo se impuso, de “El Dictador Supremo” o, simplemente, “El Supremo”). Gobernó el Paraguay durante 26 años, desde 1814 hasta  1840, cuando murió. Prohibió que el pueblo lo mirara de frente, quien se lo topara debía arrodillarse y mirar hacia una pared mientras él pasaba —casi siempre a caballo— y las faltas a este precepto se castigaban con  reclusión en calabozo o la pena de muerte. Ordenó talar todos los árboles de Asunción, la capital, para que quienes quisieran matarlo no tuvieran dónde agazaparse; prohibió la circulación del correo para que no pudieran ingresar al país “virus ideológicos”, de manera que recibir una carta constituía delito de alta traición y se castigaba con la pena de muerte; se constituyó en jefe de la iglesia católica para cortar las influencias del Vaticano; redujo los días festivos católicos; prohibió los oficios religiosos nocturnos, las procesiones y ordenó que todo hombre mayor de 25 años debía casarse.

El general Emilio Garrastazu Médici gobernó Brasil entre 1969 y 1974. Fue el tirano más sanguinario y cruel de la historia del país. Su mandato  es conocido como los “años de plomo», caracterizado por el terrorismo de Estado. Implantó  la tortura sistemática: Por medio del Acto Institucional Número 5 suprimió las garantías constitucionales, eliminó el habeas corpus y cerró el Congreso.  Organizó las detenciones ilegales a través de centros clandestinos como el DOI-CODI, donde miles de opositores, periodistas e intelectuales sufrieron torturas salvajes y ejecuciones extrajudiciales. Investigaciones forenses revelaron que la peor masacre humana de su gobierno ocurrió en la selva, durante la construcción forzosa de la Carretera Transamazónica; el desplazamiento masivo y los ataques armados del régimen provocaron la muerte de más de diez mil indígenas, una tragedia humanitaria silenciada por la censura oficial. Médici instrumentalizó el fanatismo deportivo y un crecimiento económico artificial basado en deuda externa para ocultar los crímenes de sangre. Capitalizó políticamente el triunfo de la selección en el Mundial de México de 1970 e impuso el agresivo eslogan institucional “Brasil, ame-o ou deixe-o” (Brasil, ámalo o déjalo), por lo cual los críticos del régimen debieron abandonar el país o sufrir los rigores de  los sótanos de la policía política.

Donald Trump, mafioso octogenario de Nueva York, ha configurado un estilo político que trasgrede la Constitución, las leyes, la historia, la decencia y las costumbres. Su misticismo personal y los hábitos inmorales son el eje de su identidad pública. A lo largo de sus mandatos presidenciales y sus campañas, sus peores despropósitos, excentricidades y aberraciones institucionales incluyen, en un sencillo repaso, el asalto al Capitolio y el desconocimiento electoral cuando, el 6 de enero de 2021, pronunció un discurso incendiario ante una horda salvaje, la instó a marchar sobre la sede del congreso de los Estados Unidos y enseguida se lanzó al edificio, entró por las ventanas como un enjambre de arañas venenosas que dejó cinco muertos y 140 heridos. La embestida terrorista interrumpió la certificación de los escrutinios en los que él perdió la reelección inmediata frente al demócrata Joe Biden; el ataque terrorista es el mayor quiebre de la transición pacífica del poder en la historia moderna de ese país. Ha declarado que las vacunas “producen autismo” y transformó por decreto los ciclos y las cantidades que se deben aplicar, conforme a los que ya habían sido establecidos por la comunidad científica internacional.

Desmanteló los canales oficiales de prensa de la Casa Blanca al utilizar sus redes sociales personales para emitir directrices de seguridad nacional, despedir a ministros de Estado, amenazar con guerras nucleares a Corea del Norte o insultar a mandatarios aliados a las tres de la mañana mientras ve la televisión. En septiembre de 2019, obsesionado con tener la razón frente a los meteorólogos, Trump se presentó ante las cámaras de las noticias en el Despacho Oval con un mapa oficial en las manos del Centro Nacional de Huracanes. Al notar que el pronóstico científico contradecía un trino suyo, tomó un marcador negro Sharpie y alteró a mano la gráfica oficial informativa con línea falsa para forzar al huracán Dorian a dirigirse hacia Alabama; dicen que violó las leyes federales  sobre falsificación de reportes climáticos. Desarrolló una fijación ignorante por la estética del absolutismo francés, típica de los mafiosos italianos de Nueva York. Su residencia principal en la Torre Trump de esa ciudad y los salones de su club Mar-a-Lago están decorados con horrendas molduras de oro de 24 quilates, lámparas de cristal monumentales y techos pintados que tratan de imitar, con la distorsión de su mal gusto, el palacio de Versalles; durante su primera permanencia en la Casa Blanca, su equipo solicitó formalmente al Museo Guggenheim en préstamo para sus habitaciones privadas la invaluable pintura Paisaje nevado de Vincent van Gogh. El museo se negó y, en su lugar, la curadora le ofreció de forma irónica una obra de arte conceptual: un inodoro de oro macizo de 18 quilates totalmente funcional titulado “America”.

Trump padece de miedo patológico a los gérmenes y evita en lo posible dar la mano. Esta fijación lo llevó a desarrollar un hábito estricto: consumir casi exclusivamente comida chatarra de cadenas como McDonald’s o Kentucky Fried Chicken (KFC). Su argumento es que los estándares de higiene de las corporaciones multinacionales son más confiables y reducen el riesgo de que la comida de un restaurante tradicional esté contaminada o sea envenenada por sus enemigos. Ha roto con la alta gastronomía de las cenas de Estado en Washington al exigir que sus filetes de carne vacuna de cortes finos sean asados al extremo de quedar completamente carbonizados y los consume siempre cubiertos con salsa de tomate de botella.

Tiene encima una condena penal por 34 cargos de delitos graves, ratificada por la justicia del Estado de Nueva York, pero los efectos legales se mantienen en suspenso mientras tenga inmunidad presidencial. Empero, Donald Trump tuvo que pagarle 5 millones de dólares a la escritora y periodista estadounidense E. Jean Carroll. La orden provino en 2023 de un jurado civil federal de Nueva York que lo halló responsable de abuso sexual y difamación. El  desglose de esa condena civil se estructuró por el abuso sexual en el vestidor de un almacén de lujo en Manhattan y por la difamación, pues publicó mensajes en sus redes sociales calificando las acusaciones de la escritora como una “estafa total”, una “mentira” y un engaño perjudicial para su reputación.  En un juicio civil posterior, a principios de 2024, otro jurado ordenó a Trump pagarle a Carroll una suma adicional de 83.3 millones de dólares por continuar difamándola públicamente después de la primera demanda.

La parte más repugnante de Trump radica en su estrecha relación con el difunto pederasta Jeffrey Epstein y los crímenes de tráfico sexual y violación de niñas y mujeres. Ambos se movían en los mismos círculos de la alta sociedad de Palm Beach y Nueva York ,compartían eventos sociales, fiestas en Mar-a-Lago (la mansión de Trump) y viajes en el avión privado de Epstein. En una entrevista concedida a New York Magazine en 2002, Trump se refirió a Epstein como un “tipo estupendo” y agregó: “Es muy divertido estar con él. Incluso se dice que le gustan las mujeres tanto como a mí, y muchas de ellas son más jóvenes”. Ahora, Trump dice que se enemistó con Epstein en 2004 porque “me robó”.

Algunos documentos y registros de los vuelos del jet privado de Epstein confirmaron que Trump viajó en su avión en diversas ocasiones. Se han publicado páginas de un libro conmemorativo del 50 cumpleaños de Epstein (2003) que incluía un mensaje y un dibujo enviados por Trump, con una alusión a “secretos compartidos”. A lo largo de los años y después de la desclasificación progresiva de archivos del FBI y del Departamento de Justicia de EE. UU. relacionados con Epstein y su novia Ghislaine Maxwell, han salido a la luz fotografías, diversos testimonios, denuncias anónimas e historiales de investigación que no favorecen a Trump. Una de las principales víctimas y acusadoras de Epstein, Virginia Giuffre (quien se suicidó en 2025), fue reclutada por Ghislaine Maxwell cuando trabajaba como empleada en el spa del club Mar-a-Lago de Trump a principios de los años 2000. Ella estuvo empleada en la propiedad de Trump siendo menor de edad. En los archivos del FBI desclasificados por el Departamento de Justicia figuran transcripciones de entrevistas e historiales de denuncias recibidas por muchachas que alegaron haber sido agredidas y obligadas a presenciar vejaciones sexuales sobre las que se ha mencionado a Donald Trump. En la pequeña isla plana caribeña de 30 hectáreas que poseía Epstein, llamada “Pequeño San Juan”, dentro de la jurisdicción de las Islas Vírgenes de Estados Unidos, fueron ultrajadas sexualmente innumerables niñas de 10 años en adelante y se ha hablado de sacrificios humanos con menores de edad.

En las reuniones de más de media hora, Trump cae en sueños profundos y están por confirmarse versiones reiteradas según las cuales se defeca durante esos trances constantes en los que se le apaga el cerebro y lo envuelve un manto de fetidez.

Abelardo de la Espriella asumió la presidencia de Colombia el pasado 7 de agosto y  su gobierno ya arrastra una cola de paja y una sarta de extravagancias similar a la de muchos de los grandes tiranos de América. Reúne a los miembros de su gabinete para que se postren sobre el suelo, de pies y manos, entonen oraciones que no conocen y, por eso, solamente emiten murmullos; luego deben alzar los brazos al cielo, cerrar los ojos y seguir rumiando dislates mientras son animados por un pastor cristiano en éxtasis místico. A todos les entregó una biblia editada por él, a la que le han dado más valor que a la Constitución Política. Ninguno de los improvisados santurrones se ha atrevió a negarse a participar en esa farsa. A lo largo de su carrera como penalista y figura pública se ha visto envuelto en diversos procesos e indagaciones. En 2005 creó, con el auspicio de los más grandes narcotraficantes y paramilitares del país, la Fundación Iniciativas por la Paz (FIPAZ), la cual organizó foros universitarios en los que participaron los jefes de los mayores escuadrones de la muerte, aglutinados en las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), como Iván Roberto Duque (alias “Ernesto Báez”) y Salvatore Mancuso. En 2010, el narcotraficante convicto Juan Carlos Sierra Ramírez (“El Tuso”) declaró ante la Corte Suprema que De la Espriella le había exigido dinero para gestionar su reingreso a la jurisdicción de Justicia y Paz y evitar su extradición; también mencionó una colecta de dinero entre jefes del narcotráfico y el paramilitarismo para que De la Espriella comprara decisiones que tomó la Suprema Corte y este alega que las grandes sumas fueron para pagar sus honorarios profesionales por emitir conceptos jurídicos. Su bufete privado ha asumido la defensa de delincuentes de la más alta gama en escándalos de corrupción, narcotráfico, crímenes atroces y parapolítica; cultiva una imagen estridente de showman que difiere de la estética tradicional de los abogados o políticos colombianos. Posee extrañas empresas comerciales y de estilo de vida, todas en estado de quiebra y, además del derecho, lanza marcas propias de productos como café, ron, zapatos y ropa de lujo que no se ven en el mercado; ha explorado públicamente la música destemplada, interpretando géneros como la balada y la música romántica tropical en videoclips y presentaciones; en entrevistas televisivas del pasado (como en el show de baja estofa The Suso’s Show), ha relatado anécdotas de su niñez relacionadas con episodios crueles con animales, como matar gatos atados a cohetes de pólvora;  ha recibido dineros de los más grandes delincuentes colombianos y es reconocido por su disparatada y emotiva verborrea, ha dicho que destripará a todos quienes tengan  pensamientos y posturas progresistas y defiendan los acuerdos de paz; organizaciones de libertad de prensa, como Reporteros sin Fronteras, el Comité de Protección de Periodistas de Nueva York o la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), han cuestionado de manera reiterada el acoso judicial, sus ataques verbales y señalamientos públicos contra periodistas y medios de comunicación que investigan y cuestionan su lado más oscuro. Es ciudadano norteamericano y para adquirir esa condición debió jurar que abdicaba a cualquier fidelidad y compromiso con Colombia, donde el 7 de agosto también juró defender la Constitución Nacional y todos los intereses del país. Contrariando la ley, se niega a hacer públicas sus declaraciones de bienes y rentas.

No tomó posesión en el Capitolio Nacional sino en Cali, en la víspera del terremoto y durante una improvisada fiesta de gala con servilletas de papel y luminotecnia de discoteca, en la que parecía ser el hijo de un mafioso recibiendo los regalos en la fiesta de su primera comunión. La luz se apagó de súbito y mientras los invitados suponían en la oscuridad que se trataba de una suspensión del servicio de energía eléctrica y se protegían los bolsillos y carteras, hubo un pase de magia: reapareció en el traspatio de un cuartel contiguo, donde pronunció un discurso lleno de fanatismo, frases de cajón y patriotismo—de pena ajena—, ante una tropa que lo sufrió en posición de firmes. Por último, este carnaval del esperpento quedó cerrado con un potente canto de garganta presidencial de su repertorio lírico italiano en el que, de acuerdo con críticos musicales idóneos, “De la Espriella debió afinar con GPS porque solo no llega”.

Con este bagaje comenzó a gobernar, cruzó el umbral del poder cargando un pesado equipaje dentro del cual el delirio, el delito y las extravagancias se funden en una sola incógnita que el país no ha podido dilucidar.

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Economista venezolano Jesús Casique realiza colecta para la compra de insumos y medicamentos tras sufrir ACV


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