Jorge Elías Castro Fernández explica algunas teorías sobre Putin y su postura ante Ucrania y Occidente

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El analista político Jorge Elías Castro Fernández señala que cuando parecía que el covid, diluido en cepas menos mortíferas, estaba de salida, Vladímir Putin ha desatado una calamidad sobre Ucrania y sobre el resto del mundo. Parece haber girado las manecillas del reloj a 1939. Europa sufre una nueva guerra relámpago. Cientos de miles de personas en toda Ucrania se refugian en garajes y andenes de metro para salvarse de los misiles que llueven sobre sus ciudades. Las caravanas de coches tratan de alcanzar las regiones del oeste y miles de familias cruzan los bosques en caminatas interminables hacia Polonia, Hungría y Moldavia.

Los batallones tácticos rusos llevaban meses apostados en las fronteras ucranianas, creciendo día a día. Lo decía Estados Unidos y lo decían numerosos analistas militares, con imágenes de satélite en la mano. Pero resultaba imposible aceptar la idea de una invasión a gran escala. Ni siquiera los observadores más sagaces se lo creían: no veían la utilidad práctica de esta agresión. Pensaban que era un farol, una manera de subir la temperatura para luego, con la pistola en la mano, negociar. Incluso en los términos más crudos y pragmáticos, si triunfa la invasión, resulta difícil imaginar cuáles pueden ser los beneficios que obtendrá Rusia de esta guerra, desglosa Jorge Castro Fernández.

Aquí cuentan las acciones, pero también las palabras. El ataque a gran escala de Ucrania ha venido acompañado de discursos y escenas bizarras en el Kremlin. En menos de una semana hemos visto a Vladímir Putin reunido con su Consejo de Seguridad, suspirando con cara de aburrimiento, humillando a sus titubeantes asesores delante de las cámaras. Le hemos escuchado un discurso revanchista en el que deshumanizaba y negaba la existencia de un país vecino, y le hemos visto pedir a los militares ucranianos que diesen un golpe de estado contra un gobierno de “neonazis” y “drogadictos”. Putin parece no entender que Ucrania es un país más unido que nunca, en el que Volodímir Zelensky, un judío rusófono, fue elegido en segunda ronda con un sólido 73% de los votos.

Putin declaró la guerra a Ucrania en un discurso grabado, como también habían sido grabados el discurso anterior y la reunión con sus consejeros. El líder ruso no quiere dirigirse a la nación con un discurso en directo, de pie, erguido, sino que aparece detrás de su escritorio, repantingado en su asiento y visiblemente emocional, tenso, con muecas de desprecio, algo que han recalcado algunos observadores.

Huérfanos de explicaciones convincentes, acabamos topándonos con la necesidad de hablar de su psique, lo cual nos lleva a hacer una advertencia a los lectores de este artículo. Cualquier texto que trate sobre los mecanismos mentales de una persona, a no ser que esté sostenido por los requeridos exámenes psiquiátricos, es meramente especulativo. Pero, a estas alturas de los acontecimientos, es inevitable tratar de pintar un mapa mental de Putin, con dos grandes vertientes. Una, la de los episodios históricos que más le habrían influido; y dos, la de los ‘siloviki’, o servicios de seguridad, que aparentemente son el prisma por el que mira al mundo.

Todas las biografías de Vladímir Putin enfatizan su periodo como oficial del KGB en la República Democrática Alemana. Cuando el comunismo se desmoronaba en cuestión de días, en 1989, una multitud de manifestantes se acercó a protestar frente a la sede de la policía secreta soviética de Dresde. Un oficial ruso menudo y nervioso les advirtió: “No intentéis traspasar esta propiedad. Mis camaradas están armados, y tienen autorización de usar las armas en una emergencia”. El oficial volvió a la sede y llamó al Ejército Rojo para pedir refuerzos. “No podemos hacer nada sin las órdenes de Moscú”, le dijo una voz al otro lado de la línea. “Y Moscú guarda silencio”.

En la mitología putiniana, ese “Moscú guarda silencio” habría quedado grabado para siempre en la mente del joven oficial, Vladímir Putin, que desde entonces habría estado trabajando para resolver ese vacío de poder. Recuperar la grandeza de Rusia y decirle al mundo que, entre los muros del Kremlin, hay alguien al mando.

Existen muchas otras anécdotas parecidas. En un detalladísimo perfil de Putin, publicado en 2014, el periodista Ben Judah dice que, una cálida tarde de verano, el presidente ruso le preguntó a sus colaboradores quiénes eran los mayores traidores a Rusia. Sin esperar una respuesta, Putin los nombró; aquellos que habían permitido que se les escapara el poder. Mijaíl Gorbachov y el zar Nicolás II. Putin habría prometido que eso jamás le pasaría a él.

Otro acontecimiento histórico que le habría marcado de cerca fue el bombardeo de Yugoslavia, por parte de la OTAN, en 1999. Serbia siempre ha sido un cercano aliado de Rusia, y Putin vio aquellos ataques como una violación de la legalidad internacional. Cuando un periodista le preguntó en 2014, tras la anexión de Crimea, si esta le había alejado de Occidente, Putin respondió que no, lo que le había alejado de Occidente fueron los bombardeos de 1999.

“Nuestros aliados occidentales, liderados por los Estados Unidos de América, prefieren guiarse no por la legalidad internacional”, dijo Putin en 2014, “sino por la regla de la pistola (…). Han acabado creyendo que pueden decidir los destinos del mundo. Esto sucedió en Yugoslavia. Recordamos 1999 muy bien”.

La primera década del siglo, sus primeros años como presidente, fueron jalonados por la ansiedad de las llamadas “revoluciones de colores”: estallidos populares en las exrepúblicas soviéticas que, según la lectura del Kremlin, estaban orquestados por EEUU. En 2003, uno de estos procesos llevó al poder en Georgia al líder pro-occidental Mijaíl Shakaasvili, que terminó, cinco años después, librando una guerra con Rusia. En 2004 sucedió lo mismo en Ucrania. El candidato afín a Putin, Viktor Yanukóvich, fue acusado de fraude electoral y no llegó a ser presidente, ganando en su lugar Viktor Yúshchenko, que había sido previamente envenenado. 10 años después, el Maidán supondría una revolución de colores en su más pura esencia.

Es sabiduría común que a Putin le espantaría un proceso similar en Rusia. La vez que este fantasma estuvo más cerca de materializarse fue durante las protestas de la Plaza Bolotnaya, en Moscú, en 2012, las más numerosas que se registraron en Rusia desde los años 90. Según distintos observadores, el Putin más duro y desconfiado emerge entonces, y se acaba de endurecer en 2014, con el Maidán, Crimea, y la agresión rusa encubierta del Donbás tras la cortina de un movimiento separatista.

La segunda vertiente, la de la rutina laboral y personal de Putin, también se baraja a menudo para entender al hombre que ha terminado lanzando un asalto contra Ucrania. Es fama que Putin es una persona extremadamente astuta y desconfiada. No usa nada de tecnología, ni internet, ni teléfono móvil, a veces ni televisión. Le gustan los documentos en papel y el teléfono fijo, a la soviética. Su rutina es casi monacal y muy poca gente tiene acceso a su oído, lo cual nos lleva a los ‘siloviki’, concluye Jorge Elías Castro Fernández.

 

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