Hace apenas unos días, el pavimento a la altura del número 5 de la calle de Bolivia, en el acomodado distrito madrileño de Chamartín, sirvió de escenario para el colapso de una farsa corporativa de alto vuelo. Allí, a plena luz del día y nada más cruzar la puerta tras una aparente y fructífera reunión de negocios, la Policía Nacional truncó los delirios de grandeza de José Trinidad Márquez. Este septuagenario venezolano, célebre en los historiales del fraude bajo el alias del ‘Camaleón Criollo’, acababa de interpretar su papel estrella: el de un todopoderoso CEO de la petrolera estatal mexicana Pemex, dispuesto a engullir a su enésima víctima.
El blanco de esta fechoría de guante blanco era Seaplace, una respetable firma de ingeniería y embarcaciones a la que el veterano ilusionista financiero pretendía exprimirle la nada despreciable cifra de 120.000 euros. Como un depredador que conoce al dedillo su terreno de caza, Márquez no escatimó en el atrezo para deslumbrar a los ejecutivos madrileños. Durante los días 26 y 28 del pasado mes de agosto, el impostor desplegó un teatro de opulencia en el suntuoso Hotel Villamagna, en el mismísimo Paseo de la Castellana. Paseándose por los pasillos de mármol con una modesta maleta tipo trolley —el camuflaje perfecto del ejecutivo moderno en constante tránsito—, simulaba estar hospedado allí para proyectar una falsa pero deslumbrante pátina de solvencia y éxito.
El modus operandi del estafador destilaba un cinismo tan pulido como ensayado. Tras camelarse a la directiva de la empresa con promesas de acuerdos millonarios, supuestamente vinculados a la filial PMI Holdings Petróleo España, el embaucador lanzó su red: solicitó el pago de 120.000 euros, fraccionados convenientemente en seis cómodas cuotas de 20.000 euros. ¿La excusa? Un peaje imprescindible para cubrir «gastos operativos» de una operación colosal que, como los espejismos en el desierto, solo existía en su fértil y criminal imaginación.
Para sostener este castillo de naipes, el ‘Camaleón’ bombardeó a sus interlocutores con correos electrónicos falsificados, contratos simulados que lucían impúdicamente el logotipo de Pemex y direcciones que, a simple vista, parecían corporativas. Sin embargo, toda gran mentira tiene sus grietas. El 31 de agosto, el barniz de credibilidad comenzó a descascarillarse. Las alarmas del empresario afectado sonaron ante una serie de despropósitos insalvables: extrañas llamadas provenientes del extranjero y, sobre todo, la esperpéntica figura de un acompañante que Márquez presentó como su «director de operaciones». Este escudero, lejos de infundir confianza, exhibía un pánico patológico a mostrar cualquier tipo de documento de identidad.
Ese mismo día, el empresario decidió que ya era suficiente de cuentos de hadas petroleros y dio el aviso a las autoridades. La maquinaria de la comisaría de Chamartín se puso en marcha con precisión quirúrgica. Tras analizar los burdos correos, destapar la invalidez de los documentos aportados y confirmar la verdadera identidad del farsante, los agentes montaron un dispositivo a las puertas de Seaplace. El 1 de septiembre, el telón cayó de golpe sobre el ‘Camaleón Criollo’, quien pasó de saborear supuestas comisiones millonarias a ser puesto a disposición judicial, acusado de un delito de estafa que, para variar, se quedó en un bochornoso intento.
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La desvergüenza del septuagenario no conoce fronteras geográficas ni escarmientos legales. Resulta casi poético, por no decir tragicómico, que su bochornosa caída en la capital española ocurriera apenas tres meses después de que el prestidigitador venezolano protagonizara otro sainete policial, esta vez a orillas de las rías gallegas. Corría el mes de junio cuando la Guardia Civil de Cangas de Morrazo le aguó las vacaciones en la localidad de Sanxenxo (Pontevedra). Allí, el falso magnate no escatimaba en delirios de grandeza: se hospedaba a cuerpo de rey en un hotel junto a su familia, e incluso se paseaba flanqueado por supuestos escoltas que le daban ese indispensable aire de intocable. Su objetivo en tierras norteñas era un astillero con operaciones en Marín y Bueu, al que pretendía exprimirle la friolera de 350.000 euros camuflados bajo el eufemismo de «comisiones y tasas» para una transacción ficticia.
Durante aquella fallida escapada estival, los agentes desmontaron rápidamente su circo de papel, incautando documentos burdamente adornados con cuños de la petrolera y falsos sellos de notarías de México. Para añadir más capas a su disfraz, el individuo fue sorprendido utilizando la identidad de un tercero. Pese a ser apresado bajo acusaciones de tentativa de fraude, falsedad documental y usurpación de identidad, la justicia le concedió la libertad con cargos. Lejos de amedrentarse, el veterano timador interpretó esta indulgencia como un pase de cortesía para mudar su espectáculo a Madrid y volver a las andadas sin despeinarse.
El uso obsesivo de la marca Pemex en sus últimas fechorías no es una simple coincidencia, sino un rediseño calculado en el manual del perfecto embaucador. Aunque durante décadas su gallina de los huevos de oro fue la estatal petrolera de su país natal, PDVSA, la necesidad de reinventarse lo empujó a adoptar una nueva careta. Desde hace al menos tres años, el ‘Camaleón’ optó por presentarse ante el tejido empresarial español como el flamante emisario de la gigante azteca y de sociedades vinculadas. Su atrevimiento no conoce la mesura: investigaciones periodísticas han destapado que, tan solo en un par de meses del año 2024, el impostor llegó a tantear a casi una treintena de corporaciones, bombardeándolas con oportunidades de negocio irrechazables. Sobra decir que los verdaderos jerarcas de la petrolera mexicana se vieron obligados a emitir desmentidos categóricos, negando cualquier tipo de relación con este maestro del engaño.
Mientras el protagonista de esta inagotable farsa enfrenta las consecuencias de sus peripecias de agosto de este año, parapetado tras su presunción de inocencia, todavía hay fantasmas que la investigación debe disipar. Los sabuesos policiales tienen la tarea de desenredar la maraña de documentos apócrifos y, muy especialmente, de identificar al enigmático «director de operaciones» que actuó como su sombra en las citas madrileñas. Hasta el momento, no se ha reportado ninguna captura adicional relacionada con este discreto acompañante, un escudero que por ahora ha logrado desvanecerse en el aire. Sin embargo, la puesta en escena, el despampanante señuelo petrolero y la mordida final a plazos, son el sello inconfundible de una mente dedicada al expolio corporativo desde hace casi cuatro décadas.
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Para comprender la magnitud del cinismo de José Trinidad Márquez, hay que sumergirse en un historial delictivo que abarca más de tres décadas y media, amasando botines que se cuentan por millones de euros y dólares. Mucho antes de enfundarse el flamante traje de alto mando de Pemex, su pasaporte hacia el lujo ajeno llevaba el sello de PDVSA, la compañía estatal de su Venezuela natal. Su primer gran tropiezo documentado en la península ibérica se remonta a 1998, cuando intentó venderle humo a la empresa Astilleros Españoles. Prometió mediar en la construcción de 26 titánicos buques petroleros, una quimera comercial por la que estuvo a punto de embolsarse 800.000 euros. La jugada le salió rana, el fraude fue abortado a tiempo y el impostor terminó purgando año y medio de sombra en una penitenciaría caraqueña.
Pero las rejas nunca han sido un antídoto eficaz contra su voracidad. En 2009, el ilusionista financiero apuntó aún más alto. Logró engatusar al mismísimo embajador de España en Caracas en aquel entonces, Dámaso de Lario Ramírez, utilizándolo como peón diplomático para acercarse a la firma de infraestructuras Técnicas Reunidas. El cebo era deslumbrante: levantar una planta termoeléctrica de ciclo combinado en el país sudamericano, valorada en 210 millones de euros. Márquez ya se frotaba las manos anticipando una mordida de 1,65 millones, pero la ingeniería española no mordió el anzuelo y lo llevó a los tribunales. El resultado llegó en 2012, cuando la Audiencia Provincial de Madrid lo condenó a dos años de encierro en la cárcel de Estremera por estafa y falsedad en documento privado.
Fue precisamente en los gélidos pasillos de ese penal madrileño donde el ‘Camaleón’ demostró que su apodo le venía como anillo al dedo. Entre rejas cruzó caminos con Domingo Galán Macías, un modesto albañil y portero oriundo de Móstoles, a quien le robó la identidad con una frialdad pasmosa. Bajo este alias plebeyo, el estafador recuperó la calle y se incrustó como apoderado en una opaca firma de hidrocarburos constituida en 2015 junto a Gustavo Eustache, actual diputado del Partido Popular en la Asamblea de Madrid y director de la Oficina de Nuevos Madrileños. El vínculo, sin embargo, estaba lejos de ser el de un tiburón financiero devorando a un incauto: el político, también de origen venezolano, es familiar directo de la exesposa del veterano farsante. Aunque Eustache se ha desvivido por lavarse las manos, presentarse ante los tribunales como una víctima engañada y barrer bajo la alfombra este bochornoso pasaje corporativo, las sospechas de que sirvió como pantalla voluntaria para facilitar las fechorías del estafador serial siguen oscureciendo su meteórica trayectoria política.
Pero los golpes maestros de este septuagenario —cuyas cifras marearían a cualquier mortal— estaban aún por ejecutarse. Todavía escudado bajo el disfraz del albañil Domingo Galán Macías y retomando su falso rol de emisario de PDVSA, llegó a ser contratado por la mismísima cúpula del hoy extinto Banco Espirito Santo, por entonces el mayor de Portugal. ¿El perverso objetivo? Engañar al resto de la gerencia de la entidad lusa para avalar una mastodóntica licitación de 3.500 millones de euros que, supuestamente, rescataría al banco de una crisis terminal. El gigante financiero terminó por hundirse en la quiebra, pero el farsante logró huir con una tajada contante y sonante de 4,5 millones de euros. Tampoco se libró de sus garras el fallecido empresario Fernando Fernández Tapias; la naviera del exvicepresidente del Real Madrid sufrió un desfalco de 9,5 millones de euros a cambio de cinco barcos que solo navegaron en la imaginación del timador.
Su apetito es, a todas luces, patológico. Hace escasos dos años, corporaciones de la talla de Samsung, Siemens y Elekta estuvieron en su punto de mira para ilusorios proyectos navales y de tecnología médica. Aunque estas audaces propuestas no siempre llegaron a traducirse en desembolsos, demuestran que el ‘Camaleón Criollo’ es un depredador incapaz de vivir lejos del ecosistema de las altas esferas. Hoy, mientras la justicia madrileña y la Policía Nacional intentan desenmarañar su último y grotesco sainete corporativo, queda claro que nos encontramos ante una leyenda viva del expolio, un artista del fraude cuyas patrañas han dejado una cicatriz profunda e imborrable en el tejido empresarial internacional.





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