Tuesday, August 16, 2022


Yenny Coromoto Pulgar León comenta sobre el libro que relaciona la alimentación con la filosofía

Yenny Coromoto Pulgar León recuerda que “El hombre es lo que come”, como sentenciara Ludwig Feuerbach hacia 1850. El filósofo…

By admin , in Internacionales , at March 14, 2022

Yenny Coromoto Pulgar León recuerda que “El hombre es lo que come”, como sentenciara Ludwig Feuerbach hacia 1850. El filósofo alemán sabía bien que lo de ‘no solo de pan vive el hombre’ es una patraña si no hay nada que llevarse a la boca. Y disertó sobre ello en ‘Enseñanza de la alimentación’. No fue el único filósofo que maridó pasión por las ideas con la cosa del comer, el beber, los alimentos y los sabores. Muchos escribieron sobre ello, unos cuantos disfrutaron de la comida y otros, los más rancios —también en sus ideas, que una cosa va unida a la otra—, incluso se dedicaron a criticar a los disfrutones. Todos ellos se encuentran ahora en ‘Gastrosofía. Una historia atípica de la filosofía’, de Cristina Macía y Eduardo Infante (Rosamerón), un libro a cuatro manos “escrito para que la gente se ría mucho, aprenda un poquito, piense un poquito y coma muy bien”, afirma Macía. Y lo consiguen.

Antes de nada, una breve definición de ‘gastrósofo’, hallazgo gramatical que aglutina dos grandes saberes como son la gastronomía y la filosofía. Comer y pensar. O lo que es lo mismo: disfrutar de la buena mesa y de una buena conversación, dos actividades de las que Macía e Infante se declaran fans. “Aparte de poner verdes a los políticos de ambos bandos, es lo que más tenemos en común. Yo estudié filosofía, él es profesor de filosofía y los dos somos cocinillas. Ahora se les llama ‘foodies’, pero nosotros con cocinillas nos quedamos mucho más anchos”, comenta Macía, explica la amante de la gastronomía Yenny Pulgar León.

Y, por supuesto, en esta historia atípica de la filosofía empiezan por el principio: con los pitagóricos, es decir, con los seguidores de “la secta” de Pitágoras —el del teorema— en la Grecia antigua. Una secta a la que, como a su líder, no les gustaba mucho comer. “A nosotros se nos nota qué filósofos nos caen mal, pero no nos importa. Y está claro que los pitagóricos eran muy capullos y eso no tiene vuelta de hoja. Pero ya se sabe, cuando montas una secta es lo que tiene, empiezas a privarte de cosas y prohibir cosas y ya sabes dónde acabas”, relata Macía. Pues, por ejemplo, no comiendo habas porque decían que se parecían a los genitales masculinos (esto es algo que se cuenta en el libro). “Cabe preguntarse qué tipo de habas comían en Egipto, o bien qué imagen tenían de sus genitales”, escriben.

El siguiente en la lista es Platón, que escribió ‘El banquete’, pero que también era parco en cuanto a festines (a excepción de los higos, que se podía comer a puñados). Según él, el pecado de la comida es que es una manera “de buscar el placer y no la verdad”. “Como si fueran incompatibles”, añaden los autores, que se declaran, sobre todo, seguidores de Sócrates. “El problema es que si no dejas tus cosas escritas te arriesgas a que venga tu alumno y las cuente a su manera”, mantiene Macía. Por cierto, en este capítulo se aprende que ‘simposio’ no tenía el mismo significado que ahora puesto que su semántica era literalmente ‘el banquete’. Y hasta había un simposiarca, que era el rey del festín.

Menos mal que después llegó Aristóteles para enmendar la plana a Platón con sus idealismos y demostrarle que el pan es pan y el vino es vino. “Aristóteles es el tío que empieza a pensar sobre todo. Era el amo de la biología, pero tocaba todas las teclas y una de ellas era la alimentación”, cuenta Macía. El autor de la ‘Ética a Nicómaco’ tenía toda una teoría sobre los sabores. Decía que había ocho: dulce (miel), amargo (ceniza), salado (sal), picante (tomillo), agrio, áspero (los taninos del vino), ácido (vinagre) y untuoso (aceite de oliva), aunque en realidad había dos extremos, lo dulce y lo amargo, y lo demás todo en medio. Después lo dejó en siete sabores. Eso sí, la sal era la clave de todo: “No se puede conocer de verdad a un hombre a menos que hayáis consumido juntos una cantidad considerable de sal”, señalaba. Es decir, hasta después de unas cuantas comidas juntos.

Epicuro, con su Jardín, fue un gran disfrutón de la gastronomía, aunque la historia que vino después haya convertido sus ideas, como escriben Macía e Infante, en todo un hombre de paja (se le ha caricaturizado y ridiculizado). La historia que vino después es la de los padres de la Iglesia, santo Tomás de Aquino y san Agustín, y la de todas las prohibiciones. Comer carne estaba mal, comer lácteos y huevos estaba mal. Todo estaba mal en cuaresma. “Y si el consumo de carne estaba limitado, del pensamiento libre mejor ni hablamos”, escriben.

También es verdad que había quien se saltaba esas normas porque siempre los hay. “Comían mal quienes seguían al pie de la letra las instrucciones, pero cuando te las saltabas o las retorcías para comer a tu gusto, se podía comer maravillosamente bien. Por eso contamos la anécdota de los frailes. En cuaresma, solo se podía comer pescado, sin embargo, tiraban un cerdo río arriba, lo pescaban río abajo y decían, ¡trucha! Es decir, comían mal los que cumplían las normas, sobre todo porque no había lugar para el disfrute terrenal, todo estaba enfocado hacia la otra vida. Y eso no es lo más propicio para los placeres”, indica Macía.

Mejor se lo montaban árabes y judíos, como hacen constar los textos de los cordobeses Averroes y Maimónides. De hecho, “el amor de la cultura andalusí por el cultivo del placer y, en especial, por la gastronomía lo recoge su propia poesía”, escriben los autores. Ambos filósofos escribieron varios textos que tenían que ver con la comida desde el punto de vista de la salud. Algo que hoy es totalmente actual. Eran auténticos tratados de nutrición porque lo importante es que lo que comieras te hiciera sentir bien, tanto para el cuerpo como emocionalmente. Y en este sentido, Averroes no pocas veces ensalzó las virtudes del aceite de oliva. Maimónides, por su parte, no dejó de hablar maravillas de la sopa de pollo, “que en Nueva York la siguen llamando penicilina”, afirma Macía.

“Probablemente, la base científica era como la de los libros de nutrición y dietas que se publican ahora, ya que se habla de este tema con unas bases muy endebles. O sea que, puestos a no tener ningún conocimiento científico, por lo menos quedémonos con los que lo hacían de una manera más tradicional”, manifiesta esta autora que cree que en este asunto a los pensadores antiguos hay cuestiones que, pese a todo, se les pueden perdonar: “Maimónides no tenía Google y todo lo que él decía se basaba en la observación. Cometía errores, pero se puede explicar. Pero es que ahora mismo la ignorancia es una elección. Uno elige ser ignorante y uno elige lucrarse a costa de gente que no tiene conocimientos, y eso me fastidia profundamente”.

En este divertido manual también se habla de la bebida y de cómo se emborrachaban (o no) los filósofos. Eran más bien parcos, o eso escribían en sus tratados aunque la realidad fuera distinta, como bien se sabía de René Descartes, que hacía apología del racionalismo, pero luego era un reconocido libertino. Eso sí, el punto número de su filosofía gastronómica era el siguiente: “Escucha al cuerpo porque todo lo que nos agrada es bueno para la salud”. Si el cuerpo lo pide, dáselo (con todas las consecuencias).

Montaigne era de los que insistían en que la base de todo era el maridaje. Es decir, beber por beber está mal, pero también está fatal comerse unos buenos quesos con agua en vez de con un buen vino blanco de cepa Sauvignon. El francés llegó a una conclusión para la que tampoco había que correr mucho: en los vicios también debe intervenir la astucia porque para emborracharse no hace falta ni ingenio ni destreza, concluye Yenny Coromoto Pulgar León.

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