Los múltiples factores que contribuyeron en Caracas a la tragedia en el Colegio Humboldt

Los múltiples factores que contribuyeron en Caracas a la tragedia en el Colegio Humboldt

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Por Carolina Jaimes Branger
Opinión

Si la víctima en el Colegio Humboldt hubiera sido una hija mía, mi dolor, mi rabia, mis deseos de venganza -no sé contra quién, pero hubiera buscado a alguien en quien descargar mi ira- hubieran sido infinitos. Demás está decir cuánto entiendo, abrazo y acompaño en su tristeza a la mamá y el papá de Santiago, a su hermanita y a sus otros familiares. Más bien, me parece que han sido extremadamente civilizados en lo que les ha tocado vivir. Repito, yo me habría convertido en una loca desatada.

Sin embargo, como no soy familia, puedo ver la situación con cierta distancia, aunque no con menos dolor. Creo que todos los que somos padres nos consustanciamos con los Guerrero. Pero hay ciertas circunstancias que, a mi modo de ver, merecen ser evaluadas. Leo que fueron imputadas la directora del plantel, la coordinadora y dos docentes por “homicidio culposo”. Lo entrecomillo porque no me gusta el término. No fue un homicidio, fue un accidente. Injusto, terrible, lamentable, pero un accidente. Pienso que ese término legal debería ser modificado y me perdonan los excelsos juristas. Pero más allá de ello me pregunto… ¿son solo ellas las responsables de lo que allí pasó?

Viendo las fotos de las claraboyas y el pequeño muro que las rodea, me pregunto ¿no hubo alguien dentro del colegio que hubiera advertido el peligro que aquello significaba? Sé que hubo una recomendación de unos ingenieros de que se cambiaran porque ya estaban vencidas por los efectos del clima. ¿Quién recibió esa notificación? ¿Quién decidió no hacerle caso? Porque la directora de un colegio -o la coordinadora, o las maestras- por lo general, no son quienes toman las decisiones administrativas… ¿No tienen responsabilidad, acaso, quienes no acataron la recomendación? ¿No son también culpables de “homicidio culposo”?

El Estado venezolano también tiene su parte de responsabilidad en la figura de la Zona Educativa. ¿Acaso esta no hace supervisiones? Cuando yo era una niña, al menos dos veces al año se apersonaban en los colegios los supervisores del Ministerio de Educación y revisaban todo, no solo la parte académica, sino el estado y la seguridad de las instalaciones. De hecho, mi colegio fue multado en una ocasión porque un supervisor se resbaló con una semilla de tamarindo que había en el piso de mi salón, aunque lo más probable es que se le hubiera caído a una de mis compañeras. ¿Es que el Ministerio de Educación no tiene esa costumbre ahora? Porque la Ley de Educación vigente es clarísima al respecto: “Artículo 18. La educación preescolar se impartirá por los medios más adecuados al logro de las finalidades señaladas en el artículo anterior. El Estado fomentará y creará las instituciones adecuadas para el desarrollo de los niños de este nivel educativo”. Han debido haber ido, entonces. Y si fueron, ¿acaso no subieron a la azotea? ¿No tienen responsabilidad si no lo hicieron? Y si subieron, ¿por qué no advirtieron de que había que aislar las claraboyas? ¿No son culpables también de “homicidio culposo”?

Otros que han debido encender las alarmas han debido ser los bomberos. Desde hace años, ellos realizan -o deberían realizar- inspecciones periódicas en todos los lugares públicos y privados donde cohabitan muchas personas. ¿Hicieron alguna recomendación que fue ignorada? Porque si no la hicieron, ellos también tienen su cuota de responsabilidad. Serían otros culpables de “homicidio culposo”.

La comunidad educativa es otro ente sobre el que hay que poner la lupa. En el Capítulo VII, Artículo 74 de la Ley de Educación, leemos: “La comunidad educativa tendrá como finalidad colaborar en el logro de los objetivos consagrados en la presente ley. Contribuir materialmente, de acuerdo con sus posibilidades, a las programaciones y a la conservación y mantenimiento del plantel. Su actuación debeser democrática, participativa e integradora del proceso educativo”.

Entiendo, por lo que he leído, que la caja de arena fue llevada a la azotea en 2017, cuando también cercaron la baranda del borde con rejas… ¿Y nadie pronunció palabra sobre el bajísimo muro que rodea las claraboyas? ¿O sí lo dijo? Porque dentro de la institución, quien no le haya hecho caso, también es culpable de “homicidio culposo”. Los padres que inscribieron a sus hijos en el preescolar… ¿ninguno advirtió el potencial peligro que representaban las claraboyas al alcance de los niños? Porque me imagino que habrán recorrido todo el colegio… Si no lo hicieron, ellos también tienen su cuota de responsabilidad.

Tal vez me estoy poniendo vieja, pero yo jamás hubiera dejado que a una de mis hijas pequeñas la hubieran llevado a jugar en una azotea donde hay claraboyas al alcance de los niños. La curiosidad de los pequeños es innata… ¿no resultan acaso una enorme tentación?…

Lo cierto de todo esto es que es muy fácil señalar, acusar y juzgar. Las redes son un espacio perfecto para ello. Hay quienes piden cerrar el colegio. Pero al pequeño Santiago nada lo va a traer de vuelta. Quizá, como dijo una tía abuela suya en entrevista con Shirley Varnagy, «él es el mártir que salvó a otros niños de morir igual que él». Para concluir, me quedo con las palabras de mi querida Susana Raffalli en Twitter: “Mesura y respeto, y la humanidad de ofrecer luces, alivio y consuelo a una institución valiosa. Eso ayudaría mucho más a la comunidad educativa del Colegio Humboldt que estará ahora llena de dolor y miedo: Niños, hogares, maestros, personal. No sumemos más daño. Seamos soporte”.

Artículo original publicado en El Estímulo


 

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