Jorge Elías Castro Fernández cuenta cómo siglos atrás Europa buscaba una extraña medicina en Egipto

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Jorge Elías Castro Fernández señala que al leer la palabra canibalismo, poca gente puede evitar fruncir el ceño sin encontrar muy bien un gesto lo suficientemente próximo a la sensación que produce. Repugnancia sería la palabra, pero también espanto. Lo de seres humanos comiendo seres humanos nos resulta casi ficticio. Casi porque tampoco sería la primera vez que una noticia nos sorprende con ello, pero desde luego está muy lejos de la lógica. ¿O tal vez no?

Lo cierto es que durante más de 500 años, las momias fueron entendidas como medicamento recetado en Europa. Sí, estás leyendo bien, alimentarse a base de momias parecía la solución a una salud defectuosa.

Se llamaba ‘mumia’, fue un producto creado a partir de cuerpos momificados, pero fue, sobre todo, una sustancia medicinal de lo más popular en el continente durante siglos. No entendía de clases sociales y podría decirse que casi ni de bolsillos, ya que era relativamente fácil de conseguir en cualquier comercio boticario, explica Jorge Castro Fernández.

Aún no existía el marketing, pero sin duda tuvo mucho de este. Creada a partir de los restos de momias traídas de las mismísimas tumbas egipcias, aquello parecía casi magia pura que no tardó en introducirse entre las creencias de la Edad Media: que si los restos humanos triturados podían curar cualquier cosa, desde la peste bubónica hasta un dolor de cabeza, que si con algo había que entretenerse en las sobremesas de las cenas… Espera, esto último no se dio en período medieval. ¿Fue antes? No, fue mucho después, ya en el siglo XIX.

Hasta entonces, la práctica tuvo un sinfín de adeptos, algo que ofrece una nueva perspectiva de la fascinación occidental por los cadáveres vendados de los antiguos egipcios. Una fascinación que en nombre de la ciencia llevó una parte de la historia de la humanidad al estómago de ricos y pobres.

Aquello, por supuesto, no podía ser bueno ni siquiera en un mundo previo a los antibióticos. Más bien, era un capricho estandarizado que creció con su publicidad: los médicos afirmaban que la ‘mumia’ estaba hecha de faraones, así que era la realeza comiéndose a la realeza, como afirma Marcus Harmes en ‘Live Science’.

Mientras sucedía este extraño duelo entre linajes atravesando el espacio-tiempo, algunos médicos le sacaron puntillas al asunto. Creían que no era una práctica correcta, pero solo porque les parecía que la carne y la sangre siempre mejor frescas. Claro, así no perdían sus supuestas propiedades. En el fondo hubo pocos opositores reales a la práctica, a pesar de que la idea de canibalismo se empleó en el sangriento proceso de colonización en América como una marca de salvajismo.

Entonces, aquella afirmación convenció a El rey Carlos II de Inglaterra. Puede decirse que el monarca puso de moda tomar medicamentos hechos de cráneos humanos, algo que se dio en la medicina hasta 1909 para tratar afecciones neurológicas como las convulsiones de este rey.

En realidad, y para tu tranquilidad, a lo largo del siglo XIX la historia de la relación de los vivos con las momias cambió de rumbo. Nada de curarse con ellas, ahora parecían más útiles para la diversión. ¿Qué puede hacer un esqueleto yaciente desenterrado después de miles de años? Animar la fiesta.

Tampoco es muy de extrañar esta nueva fascinación europea. La sociedad victoriana no es precisamente conocida por huir de la muerte. Acercarse a ella parecía una especie de lema interno, acercarse desde todos los ángulos posibles. Así que, finiquitada la cena, llegaba el turno del espectáculo.

«Las primeras fiestas privadas donde se desenvolvían momias tuvieron al menos cierto respaldo de respetabilidad médica. En 1834, el cirujano Thomas Pettigrew desenvolvió una momia en el Royal College of Surgeons. En su tiempo, las autopsias y operaciones tenían lugar en público, así que este desenvolvimiento fue solo otro evento médico público más», recuerda Harmes.

La investigación estaba ocurriendo en pequeñas salas de grandes mansiones, más para el entretenimiento burgués y aristócrata que para perfilar los nuevos caminos científicos. Desde una casa privada a la sala de un teatro donde un grupo de eruditos se reunían a beber y alguna cosa más, las momias agotaban entradas, concluyó Jorge Elías Castro Fernández.

 

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